La semana pasada hubo dos hechos políticos importantes en el campo de la oposición, que fueron percibidos como posibles avances hacia la unión de las dos principales plataformas opositoras, la Alianza Ciudadana y la Coalición Nacional.
Primero, el martes 20 de abril los 10 precandidatos presidenciales opositores a la dictadura, firmaron un documento en el cual rechazan el proyecto de reformas electorales del régimen porque son excluyentes y represivas. Y demandan auténticas reformas democráticas para que las elecciones de noviembre puedan ser reconocidas nacional e internacionalmente como auténticas, justas y legítimas.
Dos días más tarde, el jueves 22 de abril, alrededor de 50 organizaciones y grupos políticos y sociales del interior de Nicaragua y del exilio y la diáspora, dieron a conocer un pronunciamiento en el que también rechazan las reformas electorales presentadas por el régimen. E igualmente demandan verdaderos cambios legales y políticos que permitan la realización de elecciones libres y justas.
La ausencia en ese pronunciamiento de los nombres de la Alianza Ciudadana y la Coalición Nacional, aunque están presentes todas las organizaciones que las integran, parece ser una muestra de que prevaleció la voluntad de llegar a un acuerdo y que al menos en este tema se superó el obstáculo de las posiciones hegemónicas y excluyentes.
Pero esto no significa que se ha allanado el camino hacia la unión de los dos bloques democráticos en una sola alianza, para que la oposición participe unida en las elecciones de noviembre, con una fórmula presidencial y una sola lista de candidatos a diputados, en el caso de que finalmente decidieran participar. La verdad es que a pesar de los hechos mencionados, los nublados todavía no se han despejado.
Es más, la inscripción de uno de los precandidatos en una de las dos plataformas opositoras —y el anuncio de que otro lo hará a comienzos de esta semana— se ha percibido como un paso de esa alianza hacia la probable decisión de participar sola en las elecciones. Aunque se diga que eso es un paso práctico para avanzar hacia la gran unidad opositora, lo que se percibe es lo contrario.
Un paso positivo, y contundente, sería que ninguno de los precandidatos se inscribiera en ninguna de las dos plataformas, y que todos hubieran declarado que únicamente inscribirían sus candidaturas en un bloque de unidad nacional.
En la práctica de la política se puede cometer errores históricos que por su magnitud son irreversibles y tienen consecuencias irreparables. Un caso no lejano de error histórico fue el que cometieron en 2006 los dos partidos políticos liberales, PLI y PLC, y el MRS. Ellos tenían la obligación de unirse para salvar la democracia, pero no se unieron y el resultado fue que Daniel Ortega ganó las elecciones con el 38 por ciento de los votos, mientras sumados los de los dos partidos liberales fueron más del 50 por ciento, y 57 por ciento con los del MRS. Las consecuencias de aquel error histórico de los partidos democráticos se siguen pagando hasta ahora.
Y se continuarían pagando, quizás con decenios más de dictadura, si la Alianza Ciudadana y la Coalición Nacional no se unen en una sola plataforma opositora que es indispensable para poder derrotar a la dictadura. Deberían entenderlo para después no lamentarse inútilmente.