La Guerra Fría enfrentó a la Unión Soviética (URSS) y los Estados Unidos (EE. UU.) por el dominio del mundo. Rusia intentaba imponer su imperio comunista y EE. UU. su imperio capitalista. Gracias a que Mijaíl Gorbachov tuvo la inteligencia de reconocer el fracaso del comunismo y lo absurdo de gastar tantos recursos valiosos en armamentismo, se logró un entendimiento entre él y Ronald Reagan para finalizar la Guerra Fría con la cooperación de ambas naciones. La Unión Soviética se disolvió y Rusia adoptó el sistema capitalista. Entonces, ¿por qué Rusia y EE. UU. son nuevamente enemigos?
Los estadounidenses consideran que su sistema político, económico y militar les dio la victoria, por lo que suponen normal expandirlo a los territorios que formaron la URSS. Según esta visión, Rusia es la potencia derrotada y debía adaptarse al “nuevo orden mundial” dominado por EE. UU., como lo hicieron Alemania y Japón al final de la Segunda Guerra Mundial y algunos países de Europa Oriental después de la caída del Muro de Berlín. La visión de los rusos sobre el final de la Guerra Fría es muy distinta. No admiten que Rusia fuera derrotada, sino que llegó a acuerdos militares con compromisos recíprocos para poner fin a la contienda entre ambas potencias, quedando como aliados en igualdad, no sometidos a EE. UU.
Los estadounidenses visualizaron a Rusia integrándose bajo el liderazgo de EE. UU., suponiendo que su debilidad económica de los años noventa la empujarían a abandonar sus aspiraciones de ser una gran potencia autónoma. Pero la recuperación económica de Rusia en los años 2000 le dio la confianza para rechazar el modelo alemán-japonés y de los países de Europa del Este, de perder la autonomía por su inclusión en un mecanismo de seguridad colectiva controlado por EE. UU.
Al comienzo los antiguos rivales trabajaron juntos para contener a Saddam Hussein en la invasión a Kuwait, facilitar la reunificación de Alemania y evitar que el arsenal nuclear de la antigua Unión Soviética quedara diseminado por Europa del Este. Pero los EE. UU. no comprendieron que Rusia defiende objetivos para ellos irrenunciables: 1) conservar su integridad territorial. 2) Mantener su poderío militar y nuclear. 3) Mantener su zona de influencia en las repúblicas exsoviéticas. 4) No interferencia en sus asuntos internos. 5) Desarrollar la cooperación económica y política con EE. UU. en condición de igualdad. Rusia se ve a sí misma como una gran potencia nuclear, y realmente lo es, aunque solo militarmente, al mismo nivel que EE. UU. Reclaman derechos particulares en su vecindario y un papel destacado en la resolución de los conflictos mundiales.
La cooperación como aliados entre EE. UU. y Rusia era el fundamento del “nuevo orden mundial”. Después del ataque del 11 de septiembre de 2001, el Kremlin ofreció a Washington su apoyo total en la guerra contra el terrorismo y su apoyo logístico en Afganistán. Pero los bombardeos de la OTAN en Serbia, la invasión a Irak, las insurrecciones apoyadas por EE. UU. en Ucrania y Georgia y la ampliación de la OTAN con países de Europa Oriental, enojaron a los rusos que vieron a EE. UU. actuando abiertamente en la “zona de influencia rusa”. Por otra parte, la intervención de Rusia en Georgia y la invasión a Ucrania para anexarse Crimea fue condenada por EE. UU. ¡Terminó la amistad!
En represalia o respuesta los rusos hacen presencia en la “zona de influencia de EE. UU.”. Por ejemplo, en Venezuela y Nicaragua; no por razones ideológicas pues Putin no es comunista —es un dictador capitalista, de derecha fascista— sino para decirle a EE. UU.: “¡Como tú estás interviniendo en mi vecindario, yo estoy aquí, en el tuyo!”. Algo que absolutamente ningún beneficio trae a los pueblos de Venezuela y Nicaragua, porque Rusia es una potencia militar, no económica.
El autor es abogado y comentarista de temas políticos y religiosos.
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