¿Democracia sin buenos cimientos?

En Nicaragua no solo hay frustración y temor. Hay también esperanza. Porque aun cuando todavía no se vislumbren elecciones libres y sea difícil predecir el final de la dictadura, algo cierto es que está agotada y que, más temprano que tarde, habrá la oportunidad magnífica de construir un nuevo orden. Este presentimiento ha hecho surgir varias propuestas y reflexiones sobre las políticas que deberían implementarse a fin de construir una Nicaragua nueva, democrática, justa y estable.

En este espíritu de búsqueda de la Nicaragua deseada, es pertinente plantearse la siguiente pregunta: ¿Puede una democracia funcionar sin buenos ciudadanos? La respuesta, en la que concurren los científicos sociales es que, para ser funcional, toda democracia requiere un mínimo de ciudadanos con cierta formación ética. Ninguna puede establecerse en una nación donde la mayoría son inmorales, mentirosos e irresponsables. Buenas leyes son necesarias, pero radicalmente insuficientes si detrás de ellas no hay ciudadanos dispuestos a respetarlas. Tampoco puede prevalecer la justicia donde casi nadie es justo, o donde muchos son tramposos.

Esta necesidad de un sustrato ético en la construcción de un orden democrático respetuoso de la ley y del derecho, es lo que lleva por lógica a enfatizar la importancia de la educación y, en particular, de la educación cívica; de la educación en valores. Ella no es un adorno que embellece el edificio llamado democracia, sino uno de sus cimientos más importantes.

El problema es que, si bien suele haber consenso sobre la importancia de dicha educación, cuando quiere traducírsela a políticas se piensa solamente en el sistema educativo; en los planteles de enseñanza públicos o privados y los respectivos ministerios de Educación. Se cae así en el error de asumir que ellos son la principal agencia formativa, obviando una realidad más profunda y, al mismo tiempo comprobada: que la principal educadora es la familia.

Por buenas razones se llama a la familia la célula fundamental de la sociedad. Cualquier psicólogo sabe que los años más decisivos en la formación del carácter y los valores del ser humano son los primeros, y que enseña más el ejemplo que las palabras. Un hogar donde el padre y la madre suelen comportarse ética y responsablemente formarán, por regla general, mejores ciudadanos que aquellos donde el abandono, la infidelidad y las riñas predominan. Lo que puede hacer la escuela al respecto es muy limitado. El maestro o maestra, con sus palabras —si acaso se preocupan por los valores—, difícilmente tendrán la influencia que tienen el padre y la madre con sus acciones.

De lo anterior se deriva otra realidad indiscutiblemente comprobada por las ciencias sociales: que son los hogares constituidas por un padre y una madre unidos en relación estable, los que producen los niños con mejor conducta, estabilidad emocional, salud, rendimiento académico, e ingresos, y que, por el contrario, son aquellos rotos por el abandono, usualmente paterno o el divorcio, los más propensos a producir lo opuesto: niños o jóvenes problemas, con mayor consumo de drogas, de probabilidad de delinquir, de fracasar en sus estudios, y de ser pobres. Siendo estas verdades bien fundamentadas, la realidad social de Nicaragua debería inquietarnos profundamente: más del setenta por ciento de nuestros hogares pertenecen a la segunda categoría.

¿Qué implicaciones de política debería producir este dato? Si la democracia no puede funcionar sin buenos ciudadanos, y si estos no pueden ser formados sin familias funcionales, ¿no sería lógico que en los planes de gobierno tenga el debido peso fortalecer la familia funcional nicaragüense, más aún cuando se considera que una de las principales causas de pobreza y baja productividad es, precisamente, la plaga de los hogares rotos?

Lo triste es que esta lógica todavía no se traduce en planes de gobierno. Revisando los programas o declaraciones de los diversos partidos, organizaciones y precandidatos del país, no he podido encontrar uno que aborde el tema de la familia. Ojalá lo hagan. Es un deber hacia nuestra niñez, hacia los futuros ciudadanos, y hacia nuestra democracia.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

Opinión elecciones libres archivo

COMENTARIOS

  1. Hace 5 años

    Lo mejor que tienen los escritos de Humberto Belli es que son faciles de leer y entender sus mensajes, al contrario de un «iluminado» de nombre Fernando Barcenas( Ingeniero Electrico) que escribe en Confidencial, que para entender lo «elevado» de sus escritos es necesario ser Graduado de Harvard. Dificil sino imposible para la mayoria de NIcas entender sus mensajes, por lo que se puede decir que esta predicando en el desierto.

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