No solo a la pareja dictatorial Ortega-Murillo le molesta que se mencionen públicamente nombres de posibles candidatos presidenciales de la oposición, para el caso de que las elecciones del 7 de noviembre próximo fuesen competitivas y limpias y valiera la pena participar en ellas.
Eso se explica porque para ellos, el candidato único y sempiterno es el mismo dictador Ortega, quien ha detentado el poder por 25 años, aparte de los 15 que lo ejerció “desde abajo”, saboteando con asonadas e insurrecciones armadas a los tres gobiernos de la efímera democracia que duró de 1990 a 2006. Y por supuesto que a la pareja dictatorial no le molestan los “candidatos” de zacate, o zancudos, porque son designados o aprobados por la misma dictadura.
Sin embargo, paradójicamente algunas personas opositoras también se molestan porque se habla públicamente de candidaturas presidenciales de la oposición. Dicen que no es tiempo para eso, que es “poner la carreta delante de bueyes” y que antes de buscar candidatos se debe unir a toda la oposición y presentarle al pueblo un plan de nación.
Lo que se debe hacer por ahora, sostienen, es presionar por la reforma electoral, demandar la libertad de los presos políticos y el restablecimiento de las libertades públicas y los derechos individuales, a fin de que pueda haber condiciones para participar en las elecciones.
Pero la política no es algo tan simple como una carreta halada por bueyes. Ni es una elaboración culinaria para la cual hay una receta de pasos precisos que se deben seguir estrictamente, a fin de que el plato resulte bien hecho.
La política es algo complejo (ciencia y arte le dicen los que saben de eso) y más cuando se practica bajo una dictadura como la que impera en Nicaragua. De manera que es válido que de cara a una posible campaña electoral, primero se apruebe un plan de gobierno, después se forme la alianza necesaria y por último se busque y nomine a los candidatos. Pero sería igualmente válido que se hiciera al revés. Además, si primero se escogiera como candidato o candidata presidencial a una persona idónea, carismática, con credenciales personales y profesionales muy respetables y evidentes cualidades de liderazgo, ella podría aglutinar a los diversos partidos y movimientos opositores en una gran alianza, y ofrecer una opción electoral atractiva a los desconfiados ciudadanos que, según las encuestas, en su gran mayoría dicen no tener por quién ni por qué votar.
Aunque ahora el tiempo es otro y las condiciones son distintas, vale la pena recodar como experiencia histórica que la candidatura de doña Violeta Barrios de Chamorro se comenzó a promover desde abril de 1989, 10 meses antes de las elecciones del 25 de febrero de 1990. Luego, el 19 de junio de 1989, en una encuesta abierta con la pregunta ¿por quién votaría usted?, hecha por el encuestador costarricense Víctor Borge, el 14 por ciento dijo que por Daniel Ortega; otro 14 por ciento por Violeta Barrios de Chamorro; 8 por ciento por Tomás Borge, Virgilio Godoy y Sergio Ramírez cada uno; 3 por ciento por Enrique Bolaños y Alfredo César respectivamente, y 2 por ciento por Mauricio Díaz.
Después, el 20 de junio se constituyó la alianza UNO, la que en agosto aprobó su Programa de Gobierno y en febrero de 1990 doña Violeta derrotó en las elecciones a Daniel Ortega. A nadie se le ocurrió entonces decir que la oposición había puesto la carreta delante de los bueyes.