En homenaje a la novela de Álvarez Gardeazábal, digamos que el coronavirus se ha extendido por el mundo en un bazar de la idiotez.
En Colombia, el caso del senador cantante García Romero, y de su esposa Piedad Zuccardi es para escenas de Ripley.
En medio de esta pandemia atroz, organizan fiesta vallenata en su casa, sin protección para nadie, cantando pobres canciones para fingido deleite de sus invitados. Resultados conocidos: 18 contagiados, cinco en camas UCI y el cantante y anfitrión fallecido.
Pero no es el único caso de esta idiotez epidémica. La alcaldesa Claudia Nayibe organiza fiesta decembrina con miles de participantes que esperan regalos, y entre músicas y vítores le hacen la fiesta al virus. Quién sabe cuántos morirán por esta idiotez. Pero la culpa no es de la alcaldesa. Nadie tiene nunca la culpa de nada. Es de los gestores de convivencia que no hicieron lo debido.
Vemos, también en Bogotá, el mercado de San Victorino, poblado de candidatos a sufrir la epidemia. Y a nadie le inquieta el cuadro.
No es solo en Bogotá ni en Colombia donde estas idioteces pasan. El bazar del cuento se extiende como la plaga misma.
En los Estados Unidos, el país más poderoso de la tierra, donde por día mueren los mismos que en el ataque a las Torres Gemelas, volvieron el Covid una causa política. Los amigos del presidente Trump no usan tapabocas, como prueba de fe en esa causa. Pero los de Biden no se quedaron muy atrás. Los que protestaron justamente por la muerte de los negros, lo hicieron en absoluto desorden y sin protección alguna. Esa idiotez ha tenido resultados: centenas de miles de contagiados por día, cerca de trescientos mil muertos y más de cien mil hospitalizados. Ya no hay cama para tanta idiotez.
Que no tiren los europeos la primera piedra. Las naciones más cultas del mundo, es lo que ellas mismas suponen, han sido el escenario ridículo de manifestaciones enardecidas de sublevados que protestan contra las medidas que tratan de contener la peste. Y eso ha pasado en Francia y el Reino Unido, en la Alemania de Merkel y la Italia de nadie. Y según oficiales reportes, en todas partes los hospitales están al borde del colapso, los médicos se mueren al pie de su palabra y los enfermos, seguramente arrepentidos de su idiotez, fallecen sin piedad ante las puertas cerradas de clínicas y hospitales.
Los rusos andan vacunando a todos, por las buenas o las malas, con su dudosa vacuna Sputnik V. Ya tampoco dan más.
El Oriente Medio no corre mejor suerte, con Irán a la cabeza de las desventuras y Asia se mueve entre la disciplina más férrea y las muertes, y los contagios y la desesperanza.
El África se salva, pero de la publicidad. Los muertos se entierran de cualquier modo y los contagiados esperan su suerte sin saber siquiera lo que les pasa.
Por estos contornos, las cosas son como dijimos. Y los muertos triplican cada día los que mató Pablo Escobar con la bomba del DAS. Y duplican, también diariamente, los que asesinó en el avión de Avianca que hizo explotar cerca de Soacha. Aquellos muertos nos duelen. De estos no tenemos compasión ni noticia.
El autor es abogado, economista y político colombiano. Exministro del Interior y Justicia durante el primer gobierno del presidente Álvaro Uribe.