En nuestro mundo hay personas que aparentan ser más de lo que son, así como otras que son más de lo que aparentan. Ya lo dice el refrán: “Las apariencias engañan”.
Hay gente que tiene una bella y atractiva pantalla, pero por dentro tiene una fealdad espantosa. Hay gente que se las echa constantemente de tener, aunque esté llena de deudas; pero vive de apariencia.
Hay gente que con sus maneras de hablar da la impresión de ser más sabia que el mismo Salomón; pero por dentro no sabe lo que es amar ni sentirse amado. Hay gente, como dice Jesús, que siempre está diciendo: “Señor, “Señor, Señor… (Mt. 7, 21); pero es incapaz de dar un poco de amor a sus hermanos.
Pero así como hay gente que aparenta más de lo que es, también hay gente que es más de lo que aparenta. Y una de esas personas es precisamente el esposo de María, José.
José prácticamente pasa desapercibido en la vida de Jesús. Era un carpintero de una aldea sin importancia, un humilde trabajador desposado con una mujer también pobre y sencilla. Alguien ha llamado a José “el santo del silencio”.
Sin embargo, José era mucho más que a lo que primera vista aparentaba: sin José no se hubieran cumplido las profecías sobre Jesús (Mt. 1, 23). Sin José, Jesús no podría llamarse “hijo de David” (Rom. 1, 3; Mt. 1, 20).
Sin José, María hubiera sido una madre soltera más, de las que abundan en el mundo y Jesús un hijo sin nombre y sin padre, como tantos niños de nuestra sociedad.
Ese carpintero de pueblo, desconocido, obrero como otro de tantos, era mucho más de lo que aparentaba: era un gran hombre, un hombre de una gran riqueza por dentro, un hombre verdaderamente enamorado de quien iba a ser su esposa, María.
Ciertamente, cuando a José le dijeron las críticas que andaban por Nazaret sobre María, la que iba a ser su esposa, antes de empezar a estar juntos ellos (Mt. 2, 18). Seguro que José lo pasó muy mal; lo que llevaba María en su seno, no era suyo.
No se sabe si María le dijo a José algo; quizá se lo informara, pero era cosa muy difícil de creer por parte de José eso de que lo que llevaba en su seno, era obra del Espíritu Santo. Lo corriente, ante un caso así, era denunciar públicamente a esa mujer adúltera, cosa que llevaba consigo la pena de una muerte a pedradas (Jn. 8, 1-11).
José, no obstante, determinó no denunciarla públicamente; su amor a María no le permitía que se viera muerta a pedradas. Por eso, no la denunció (Mt. 1, 19).
Fue a raíz de esta determinación que José recibió la revelación de Dios para que recibiera a María como esposa, pues lo que llevaba en su vientre era obra del Espíritu Santo (Mt. 2, 20). Y, aún más, Dios le pide a José que le ponga a ese niño el nombre de “Jesús” (Mt. 2, 22-24).
José era un hombre de una profunda fe, como María, e hizo lo que Dios le pidió: “Hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer” (Mt. 1, 25). José fue un esposo y un padre responsable. Y, sobre todo era un hombre justo.
La palabra “justo” en la Biblia significa: Hombre bueno, fiel, correcto, honesto, honrado, que adopta en cada momento la actitud debida, hombre siempre atento a la voluntad de Dios.
El autor es sacerdote católico.