Por estos muertos, nuestros muertos…

La celebración del Día de los Muertos, o de los Fieles Difuntos, es una antigua tradición judeocristiana inspirada en el Libro Segundo de los Macabeos, de la Biblia, en el cual se dice: “Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados”.

Pero en todas las culturas, religiones y pueblos del mundo se honra a los muertos de diversas maneras, algunas curiosas pero todas solemnes y significativas. Al respecto, la escritora española Irene Vallejo menciona en uno de sus artículos que “los egipcios de hace miles de años tenían por costumbre escribir cartas a los suyos en el más allá y depositarlas en sus tumbas… Narraban sencillos acontecimientos familiares con un lenguaje íntimo, revelan un diálogo verdadero. Están inundadas por la idea de que la muerte es un mero cambio de domicilio y los ausentes esperan ansiosos noticias de los vivos”. Y cita también, Vallejo, al escritor mozambiqueño Mia Couto, quien escribió en uno de sus libros que “a los muertos los sepultamos. Sin embargo, nadie nunca les sepulta la voz. Vivas guardo las palabras de mi madre”.

En realidad, los muertos viven siempre en la memoria de los vivos, no solo de sus parientes sino de toda la gente que en un día como hoy, 2 de noviembre, los recuerda y honra colectivamente con visitas a los cementerios mientras en los templos se elevan por ellos piadosas plegarias.

Aparte de eso, en las circunstancias actuales de Nicaragua es una obligación moral recordar a los centenares de muertos de abril de 2018 y los meses subsiguientes de represión de la dictadura, y honrar su memoria. Pero honrarlos a todos, no solo a los de uno de los bandos.

El poeta comunista chileno Pablo Neruda escribió un emotivo poema titulado Los enemigos, que se convirtió en himno de batalla de la gente de todas partes donde hay dictaduras criminales. “Por esos muertos, nuestros muertos, pido castigo”, dice uno de los dramáticos versos del poema nerudiano. Sin embargo, ¿por qué no también, por esos muertos, nuestros muertos, abogar por la reconciliación nacional, por una voluntad de restañar las heridas dolorosas que sus muertes causaron y reconstruir el tejido moral de la nación que ha sido roto en dos grandes pedazos?

Es fácil comprender, aunque muy difícil aceptarlo, que para convivir pacíficamente las fuerzas en conflicto que pertenecen a una sola identidad y cultura nacional tienen que ceder y crear un espacio común de entendimiento. Hay que hacerlo por el bien de los vivos y por la memoria de los muertos, para que su sangre no se haya derramado en vano.

En otra etapa dolorosa de la reciente historia nacional, en los años ochenta, cuando Nicaragua estaba en revolución y en guerra y los nicaragüenses se mataban sin piedad unos a otros, un abismo de odio e intolerancia separaba a la nación en dos grandes mitades. Y parecía imposible superarlo.

Sin embargo, después de los Acuerdos de Esquipulas que abrieron la posibilidad de resolver pacíficamente los graves conflictos del país a partir de la celebración de elecciones justas y observadas internacionalmente, se formó la Unión Nacional Opositora (UNO) que llevó a la presidencia de Nicaragua a doña Violeta Barrios de Chamorro, quien condujo con pasión y éxito la reconciliación nacional.

Y si ya se pudo en aquella oportunidad, ahora, para honrar a estos muertos que son nuestros muertos, y salvar a Nicaragua, ¿acaso no valdría la pena volver a intentarlo?

Editorial Día de los muertos Nicaragua archivo
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