La santidad hoy

Los santos son imagen del mismo Cristo. Ciertamente: los santos no son dioses; pero sí fieles hijos de tal Padre, como Jesús, el fiel por excelencia.

Los santos no son seres del otro mundo; son hijos de esta tierra nuestra, de carne y hueso como nosotros; pero fueron verdaderos testigos del Reinado de Dios, como Jesús.

Los santos no son gente sin mancha alguna; pero sí luchadores con todas sus fuerzas para no caer en la tentación que siempre, queramos o no, sufrimos su presencia, como también Jesús.

Los santos lucharon siempre por hacer vida de su vida aquellas palabras de Jesús: “Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto” (Mt. 5, 48), aunque ello les costara la cruz como a Jesús.

Los santos no son quizá genios humanos, ni vivían en las alturas del poder; pero sí descubrieron que Jesús y su mensaje eran el camino más auténtico que nos conduce a ser hombres nuevos, capaces de construir también una nueva sociedad, como lo hizo Jesús.

Por eso, los santos, la gente de buen corazón, descubrieron que lo mejor que podían hacer para ser felices y hacer felices a los demás, era vivir las bienaventuranzas. Por eso: su Dios no fue ni el poder, ni el placer, ni el dinero, su Dios fue el Abba, el “Papá bueno”, el Dios de Jesús.

Supieron compartir y ser solidarios con los más pobres y necesitados (Mt. 5, 3), como Jesús. Como decía San Pablo de sí mismo: “Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo” (Fil. 3, 8).

Sus vidas fueron una entrega total y desinteresada a los más necesitados respetando a todo ser humano, siendo verdaderos mansos (Mt. 5, 4), como Jesús que con toda autoridad pudo decir: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 29).

Supieron llorar con los que lloran y enjugar sus lágrimas (Mt. 5, 5), como los buenos cirineos que cargan con las cruces de los hermanos. Sintieron el dolor ajeno como dolor suyo, como lo hacía Jesús (Jn. 11, 35).

Sintieron la necesidad de luchar por un mundo nuevo en el que la misericordia y la justicia fueran una realidad (Mt. 5, 6), como lo hizo Jesús. Porque pusieron su corazón en la compasión (Mt. 5, 7) y amaron tanto a los que sufren.
Eran gente buena, de buen corazón, con buenos sentimientos, auténticos y leales a su fe (Mt. 5, 8), como lo fue Jesús. Caminaron por la vida sembrando la paz y el amor entre todos (Mt. 5, 9).

Gente así, como los santos, canonizados por la Iglesia o no, son, como dice el libro del Apocalipsis, “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas” (Ap. 7, 9).

En todas las naciones, en todas las razas y colores, ayer y hoy ha habido y hay gente verdaderamente santa, buena, imagen viva del Dios de Jesús.

Hoy día de todos los santos, de toda la gente buena que ha existido y existe en este mundo, se nos hace un llamado a todos y cada uno de nosotros que creemos en Jesús para que sigamos su ejemplo y, como dice San Pablo, nos hagamos “gente consagrada, sin defecto y sin reproche a sus ojos” (Col. 1, 22).

Los santos son los que cambian el mundo. Solo los santos, las buenas personas, la gente de buen corazón, son capaces de construir el Reino de Dios. Ellos son verdaderamente bienaventurados.

Hoy, los cristianos nos sentimos orgullosos de tantos hermanos nuestros que han pasado por este mundo haciendo siempre el bien. No te contentes con alabar a las gentes de bien, ¡imítalas!

El autor es sacerdote católico.

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