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exilio, menores, Nicaragua

El desplazamiento forzado es una de las consecuencias de la crisis sociopolítica que lleva un poco más de cinco meses en Nicaragua. LA PRENSA/Luis E. Martínez

La historia de una familia que huía del régimen orteguista y terminó tras las rejas

Seis miembros de una familia matagalpina decidieron irse a Estados Unidos con ayuda de un coyote, pero terminaron en cárceles de ese país y México

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Todas las noches, Luciana, de cuatro años, le pregunta a su mamá cuándo volverá a ver a su papá. Su madre, Ángela, llora sin saber qué responder. Su esposo, Luis, salió de Nicaragua junto a otros cinco familiares. Huían de la represión del régimen de Daniel Ortega desatada desde el pasado 18 de abril. Pero les fue mal: todos terminaron detenidos por autoridades migratorias cuando pretendían llegar ilegalmente a Estados Unidos.

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Los padres de Luis y abuelos de Luciana, Jorge y Martha, lloran al contar el drama que le ha tocado vivir. Una familia desintegrada por querer escapar de las múltiples amenazas recibidas por paramilitares que los acusaban de apoyar las protestas en Matagalpa.

Además de Luis, en ese grupo iba su hermana Olga con su esposo y sus dos hijos, Cristina, de 16 años y Marcelo, de 12 años. También iba un tío suyo.

El desplazamiento forzado es una de las consecuencias de la crisis sociopolítica que lleva ya seis meses en Nicaragua. La desintegración de las familias afecta en gran medida a la niñez y a la adolescencia, considera Omar Castellón, coordinador en Matagalpa del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh).

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Alto y fortachón, Jorge, el abuelo, está desecho. Sus seis familiares emprendieron el viaje que habían coordinado con un “coyote”, pero fueron detenidos en dos operativos, detenidos en dos operativos, uno en México, y otro ya en Estados Unidos.

“Agarraron a todo el grupo”

“A toditos los del grupo los agarraron”, dice Jorge, cuyos familiares están detenidos en México, donde le han dicho que llevan días sin bañarse y que su nieta, Cristina ha desarrollado neumonía y gastritis. “Están bien enfermos, pasando dificultades grandes”, cuenta.

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Jorge quisiera que los deportaran, pero al volver a Nicaragua se encontrarían con “el problema de la persecución, porque ellos no se han ido por puro gusto. Se han ido huyendo de la situación política que estamos viviendo en el país”.

Deportistas destacados

Jorge no puede creer lo que le ha pasado a sus nietos. Cristina, de 16 años, no podrá asistir a su promoción como bachiller. La muchacha, dice, disfrutaba jugar voleibol en su colegio y soñaba con estudiar idiomas, pues creeía que esa carrera le podría abrir oportunidades de viajar.

El otro de sus nietos, Marcelo, de 12 años, practicaba beisbol. “Tremendo ‘short stop’ (es) el niño, buenísimo. Imagínese que iba para una academia en Puerto Rico o República Dominicana, era a uno de esos dos (destinos)”, recuerda Jorge. La abuela, Martha, lo interrumple y dice: “Ya tenía la valija lista, con sus uniformes y zapatos, su pasaporte, porque estaba por irse”.

LA PRENSA/Luis E. Martínez

Otros sufren en casa

Sus otros nietos, los hijos de Luis, se quedaron con su madre. Luciana, la pequeñita de cuatro años, cuenta la abuela, siempre pregunta por su papá. “Yo me pongo a llorar y ella me dice: No llore mamita que mi papa va a venir y me acaricia y me da besos”, relata.

Júnior, el hijo mayor de Luis, tiene 13 años y sufre la separación de su padre. Llora al recordarlo y espera reunirse pronto con él para retomar las actividades que hacían juntos. En su escuela, cuentan los abuelos, el adolescente sufre de acoso de los maestros oficialistas porque es de los estudiantes que evade ir a las marchas a la que los estudiantes son obligados a asistir.

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“Un día de estos me estaba diciendo que le da miedo estudiar el otro año, porque cree que lo pueden agarrar”, dice la abuela. “A los estudiantes los mandan forzados a que vayan a apoyar y él (Júnior) a veces no va… se escabulle y no va. Entonces ¿qué futuro puede haber? Si estamos en esa forma. Si (en las marchas) van un poco de chavalitos bien chiquitos, con la bandera a media calle, obligados”.

Júnior sigue yendo a la escuela. Este año no quiso participar en el desfile escolar del 14 de septiembre porque su padre siempre lo acompañaba para tomarle fotos. “Ese día llegó llorando a la casa”, cuenta Martha, la abuela.

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Por todo lo que está pasando su familia, Martha casi no duerme y come poco. “Él (su esposo) me regaña, porque dice que solo llorando paso”. Él la escucha atento, y explica con lágrimas en sus ojos: “Es que hay que sacar fuerzas de donde no hay”.

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