Pornografía
Gonzalo Cardenal M.

El rol de los padres

Continuando la profundización sobre el tema tan complejo de la afirmación del sexo en sus niños, debo insistir en que el padre debe hacer su parte. Debe modelar y afirmar la masculinidad de su hijo. Debe jugar juegos varoniles con él, diferentes de los que jugaría con una niña. Esta es una buena manera de romper la timidez común en los muchachos con perturbación de género. Son muy útiles los paseos, o juntos ir de compras a la ferretería, ir a comerse una hamburguesa y platicar sobre las cosas que a él le interesan. A la hora de acostarse, el papá debe ser la última persona en darle las buenas noches.

Especialmente para los niños chiquitos este es un tiempo propicio para confidencias en los que expresan sus inquietudes, vulnerabilidad y ansiedad, por las que deben orar juntos. Las actividades típicamente masculinas son de un tremendo éxito, cosas como pedirle le ayude —según su edad— a cambiar una llanta o cortar el zacate, o puede bañarse desnudo de vez en cuando con su hijo, en donde este no pueda dejar de observar que su padre tiene un cuerpo masculino, como el suyo.

De esa manera él aceptará su cuerpo como representación de su masculinidad. Entenderá que esa es la forma en que los muchachos y los hombres están hechos. Se dirá: “Yo también soy así, por lo tanto, también soy hombre” y esto es parte esencial de un crecimiento saludable.

El niño que —aunque inconscientemente— toma la decisión de retraerse de su cuerpo masculino está iniciando un camino contra su naturaleza y cayendo en una confusión de su orientación sexual. Este muchacho se convertirá en un obvio afeminado, pero más frecuentemente en lo que llaman un “inconforme de su orientación sexual”. Es decir, será algo diferente. Sin una persona cercana en esa etapa de su vida en la que los muchachos rompen sus amistades con las niñas (a edades de entre seis y once años) a fin de desarrollar una clara identidad masculina puede estar en aprietos.

Un problema frecuente es cuando hay una diferencia temperamental entre el padre y el hijo. El padre encuentra dificultad en acercarse a él por observar en el niño un temperamento demasiado sensitivo y susceptible para su gusto. Encuentra difícil relacionarse con él porque no tienen intereses comunes. Y en las exigencias del trabajo, este hijo difícil de relacionarse es dejado a un lado y olvidado.

Aún más que los muchachos normales de género, los afeminados necesitan de sus papás lo que los terapeutas especializados llaman “las tres A”: afecto, atención y aprobación. Cuando fracasan en obtener lo que necesitan, interpretan el comportamiento desinteresado de sus papás como un rechazo personal. Sienten una profunda, poderosa e hiriente afrenta a su ser como persona. Y en defensa contra heridas adicionales, disminuyen a sus papás en sus mentes considerándolos como sin importancia e inclusive inexistentes.

Desde ese momento quieren muy poco o nada de él. Más aún, no quieren ser como él. Entonces, cuando otros muchachos lo rechazan, se hunden más en la soledad, y esta soledad y rechazo les confirma su creencia de que no son “lo suficientemente normales” y los induce a idealizar la masculinidad de otros muchachos.

Los muchachos normales juegan entre ellos activa y agresivamente, mientras los afeminados se sienten intimidados, por lo que se sientan en la acera a observarlos nada más. Desean poder juntarse con ellos, pero se resisten por sentirse diferentes. Se sienten inadecuados y pobremente equipados para juntarse con ellos.

El autor es miembro del Consejo de Coordinadores de la Ciudad de Dios.

[email protected]

Opinión padres de familia archivo
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí