Diversos hechos nos inducen a pensar que la violencia tiende a generalizarse en nuestra cultura, desplazando gradualmente las cualidades morales tradicionales del alma nicaragüense.
La cultura de la violencia, o cultura necrófila, como la llama Jorge Sánchez Azcona (Ética y Poder), se manifiesta, en primer lugar, en el contenido de diversos dichos y creencias generalizados entre nosotros:
“En Nicaragua, la vida no vale nada”. “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”.
“Los nicaragüenses solo nos entendemos al golpe y a la patada”, “a pija”, “a vergazo limpio”, “solo por mal entiende”. “Ojo por ojo, diente por diente”.
“Al entendido con señas, y al burro con palos”.
“Ley de Jonás: al jodido, joderlo más”. “El que tiene más galillo, traga más pinol”.
“Quien bien te quiere, te hará llorar”. “A Dios rogando y con el mazo dando”. “Comesanto, cagadiablo”.
En esos dichos se reflejan antivalores altamente negativos para el desarrollo de nuestra sociedad: irrespeto a la vida humana, imposición de la fuerza, machismo con matices sádico-masoquistas, individualismo, egoísmo, vulgarización sexual.
Por otra parte, los medios de información, realzan con sus titulares noticias como las siguientes:
“Quemaron a 140° a Vilma Trujillo”. “Pastor dijo: debía quemarse porque era el mismo diablo”. “Se roban a niño de 18 meses”. “Juicio a parricida en Ciudad Sandino”. “Atrapan y matan a femicida”. “21 muertos en ocho días en accidentes de tránsito”. “Diez por ciento de capitalinos sufrieron accidentes”. “Joven golpeado por fanáticos del futbol”. “Desigualdad de género causa deserción escolar”.
El colmo: “Pipitos y Teletón en guerra”. Escándalo público entre dos instituciones benéficas, que pone innecesariamente en peligro, el apoyo que necesitan las niñas y niños discapacitados en Nicaragua.
La cultura de violencia se refleja en nuestras relaciones interpersonales. En muchos hogares, los niños y niñas son educados a golpes. En ciertas ocasiones, los padres amenazan a sus hijos: “No te dejés pegar, si te dejás pegar te pego”. En vez de razonar con el niño que se porta mal, lo sentencian: “Vos lo que querés es una pijiada”.
En las relaciones sociales es recurrente la vulgaridad en el trato a la mujer, la violencia de género y la discriminación laboral.
En general, en las relaciones humanas abundan las bromas pesadas, los apodos denigrantes, el irrespeto a la autoridad y la falta de cortesía de los funcionarios y empleados públicos.
El cuento, el chisme, están a la orden del día, dañando el honor y la integridad del prójimo.
En el mercado, si no les compramos algo, nos exponemos a las ofensas de las “marchantas”. En la calle, somos víctimas del manejo temerario y de los insultos de los conductores. En los buses nos exponemos a la insolencia de los buseros.
A tal punto ha calado la violencia en el trato, que cuando encontramos una persona amable y educada, nos sentimos sorprendidos y hasta dudamos que sea nicaragüense.
Por otra parte, hay programas televisivos, películas, telenovelas, que hacen apología del crimen y del narcotráfico, constituyendo una verdadera escuela de violencia y corrupción. El mal uso del internet contribuye también al desarrollo de la cultura necrófila, con programas que predisponen a los jóvenes a atentar contra la vida de los demás y de sí mismos, como es, por ejemplo, el juego de la “ballena azul”.
El futuro de nuestra sociedad nos plantea el desafío de transformar la cultura necrófila que nos domina, en una cultura de la vida, de amor y solidaridad humana.
Un cambio de cultura, implica un cambio en la mentalidad de las personas y, como paso necesario, fortalecer la educación moral, con el apoyo de todos los agentes educativos: hogar, escuela, iglesia, medios de comunicación.
“La educación moral, —siguiendo a Kant— es lo que nos permite transformar la animalidad en humanidad”.
El autor es catedrático y psicólogo.