Estamos a un centenario de distancia del ocaso de la cuna donde fue mecida la dominación de los zares, a un centenario también de la exaltación de la revolución socialista de la Unión Soviética, inmenso feudo ideológico y terrenal que hizo conexión geográfica y política con tres continentes que finalmente en el desenlace crepuscular tocó el pecho tropical de Cuba. La explosión bolchevique prendió los primeros fogonazos en 1917. Le dio “la vuelta al calcetín” al sistema de gobernar en el cual se tendieron telones de acero que rompieron la armonía del mundo, un fenómeno epidémico que trasciende a nuestros días. La conmemoración de un centenario justifica la valorable trascendencia. Sin embargo en la floración contemporánea, están tímidas las luces en las efemérides donde todavía no repercute el júbilo de los obreros y de los campesinos, de la igualdad social, del efecto de una gesta que solo se ha sentido en el ámbito de los ungidos, en el círculo minúsculo de las nomenclaturas.
Entre febrero y octubre la retina de los ojos vio, con radiante estupefacción, la caída de Nicolás Segundo ligada con la introducción de Lenin en lo que bien pudo ser en la metáfora comparativa el prólogo de un luminoso libro que tuvo como carne vital a la propaganda. Cinco años después de haberse sentido la víspera del advenimiento bolchevique no se sabía si se rendía tributo a Nicolás Segundo venerado por los ortodoxos o si se estaba postrado ante Lenin.
Hasta el momento Putin, según los medios, ha sido el cabecilla frívolo de la evocación, no se ha inclinado como sucesor del sistema ante el mausoleo todavía erguido del Kremlin.
Según el historiador Anatoly Kornukov, Putin creó un comité de los actos conmemorativos. Ahí incluye a críticos del poder de la Iglesia ortodoxa, a ministros, a influyentes del zarismo pero a ningún miembro del Partido Comunista, lo cual evidencia una contradicción histórica. La justificación del actual gobernante fue “es nuestra historia y hay que respetarla”, todo en nombre de la reconciliación. Con ese pronunciamiento quedaron postergadas, por no decir anuladas, las divisiones, la ira contra el abominable pretérito.
La atrevida imaginación tiene alas estupendas para volar exenta del límite en el tiempo. Puede viajar al centenario de la revolución sandinista. ¿Será capaz el comité de turno reconocer en el festejo a los personajes que estuvieron implícitos antes y después? Desde los fundadores de la dinastía somocista, porque en ambos casos hubo continuidad familiar con acentos que lucen en el techo de la literalidad heredada. En el caso de Somoza la transferencia fue de Anastasio a Luis, en el caso del sandinismo de Daniel a Rosario.
Al hacer estas comparaciones creo que Putin redondea a la época tanto anterior como posterior en liga vinculante por razones de motivación y circunstancias. La ilación le da crédito a la historia, no politizada por la subjetividad. La relación entre Nicolás Segundo y Lenin se produce a un siglo de la metamorfosis que no solo envuelve al nido intestinal de Rusia sino a todo lo que posteriormente produjo su revolución socialista que tuvo tanta repercusión internacional. Putin no obstante llora sobre el féretro del occiso ideológico, respeta el credo de los emperadores y la posición del Partido Comunista.
Me despido con el manual de los avezados: “La revolución no es ya la locomotora de la historia”.
El autor es periodista.