revoluciones
Josefina Haydée Argüello

El tiempo, las revoluciones y la arquitectura

Durante la revolución sandinista la ciudad de León fue incendiada. Se rumoraba que la guardia somocista le había prendido fuego. El lumpen dando vivas a Sandino se desbordaba en asaltos y robos. Lo hacían con desdén y odio.  Casas coloniales como la Casa Prio —emblema histórico de la ciudad— en un parpadeo habían desaparecido dejando atrás sus tradiciones y leyendas.

Profanaron templos, destruyeron reliquias e imágenes sagradas, que eran verdaderas obras de arte.

Víctor Hugo (1802-1885) en su novela Nuestra Señora de París, cita: “El tiempo devasta, pero el hombre es el mayor devastador”,  (Ovidio, Metamorfosis). Mencionando en su obra histórica tres elementos destructores: las lesiones provocadas por el tiempo, los daños ocasionados por las revoluciones políticas y religiosas, y las destrucciones ocasionadas por los arquitectos al imponer las modas en decadencia, que se han venido sucediendo desde el Renacimiento.

Durante la Revolución Francesa (1789-1799) en Nuestra Señora de París, La Galería de los reyes, fue destruida y durante La Comuna de París en (1871), la Iglesia fue víctima otra vez, de las turbulencias sociales.

Santiago Posteguillo en La Sangre de los libros nos menciona una interesante anécdota titulada Demolición. Nos dice que Víctor Hugo mascullaba con furia viendo los cambios que hacían los arquitectos en Notre-Dame.

Querían estos modernos que entrara la luz y cambiaban los bellos ventanales de colores que le daban a la iglesia en los atardeceres luminosidad de diferentes matices por vidrios sin colorido, pero con luz. Cambiaban el arte gótico con sus vidrieras medievales por paneles de vidrio blanco, borrando su historia y su pasado. Este proceso lo llevaban a cabo en todas las otras iglesias, y edificios. Fenómeno que sucedía sobre la arquitectura medieval europea.

Hugo rechazaba a todos los demoledores. Entraba a contemplar la destrucción y su alma se llenaba de pena. ¿Cómo hacer? ya había escrito un artículo titulado, Guerra a los demoledores, al cual nadie le había prestado atención.

Meditaba en unos de los bancos de Notre Dame cuando otro hombre se sentó a su orilla diciéndole: “Tus poemas, tus obras de teatro, tus artículos… todo está muy bien”, nos prometiste una novela y aún estoy esperándola. El mundo está cambiando como esta Iglesia.

Era su editor que le sentenciaba: le daba unos meses para terminar su novela. Este hombre sin querer le daba la respuesta: “El mundo cambiaba y de igual forma cambiaban las formas de comunicarse”. Una novela sería la nueva forma. Entonces Hugo se encerró varios meses y escribió Nuestra señora de París (1831). Entonces sí fue escuchado.

Esta novela sirvió de estímulo para que se preservara el patrimonio histórico-artístico y el arte gótico medieval en Europa.
Nuestra señora de París abarca la vida en su totalidad desde el rey de Francia hasta los más desprotegidos y miserables, donde la Catedral sirve de testigo.

Esta forma de incluir a mendigos en sus novelas fue más tarde adaptada por Balzac, Flaubert y otros más.
La escritora Jorge Sand en Un invierno en Mallorca, (1842) escribe una poesía épica dialogada sobre la destrucción acaecida durante la inquisición contra un monasterio medieval.

Charles Dickens en su novela histórica, Historia de dos ciudades, (1859) desarrollada entre Londres y París, describe los horrores de las turbas y el odio destructivo de las masas durante la Revolución francesa.
Darío al recitar la poesía de Víctor Hugo: Las razones del Momotombo, en La Leyenda de los siglos, nos hace recordar a la triste Inquisición.

“El fuego, cielo santo, de aquel siniestro hachón/ de eso que apellidasteis la Santa inquisición”, (Hugo).
Notre-Dame nos dice Hugo, es una iglesia de transición. Seis siglos fundidos y amalgamados haciéndola una muestra híbrida e interesante: hay en esta iglesia tres zonas delimitadas que se superponen: la romántica, la gótica, y la renacentista.

Como dijera Hugo: Cada oleada en el tiempo ha depositado su aluvión, cada raza su capa y cada individuo su grano de arena. […]  “El tronco del árbol es inmutable, aunque la vegetación sea caprichosa”.

Aprendamos de nuestra literatura e historia, ya que las huellas del tiempo pueden ser símbolos de belleza, en cambio las revoluciones y demoliciones son obras de la brutalidad del hombre que con autorreflexión se pudieran evitar.

La autora es máster en literatura española.

Opinión El Tiempo archivo

COMENTARIOS

  1. Tulio
    Hace 9 años

    Una historia muy bonita y real.
    Nos dice la desgracia del socialismo y como los ignorantes con promesas de populismo destruyen. Solo el arte y la cultura nos salvan.
    Hay que aprender y evitar con tiempo a aquellos que incitan a la violencia pues todos salimos perjudicados.
    Ya lo vivimos en Nicaragua.
    No mas gobiernos dinasticos con promesas imposibles y que promueven la violencia.

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