El populismo, el proteccionismo y el nacionalismo, al parecer, están en auge, no solo en Europa sino en América. Naturalmente que el populismo de Maduro en Venezuela difiere de los casos de Bolivia, Ecuador y Nicaragua, donde ha prevalecido la economía de mercado. En el caso de los Estados Unidos (EE. UU.), algunos consideran que el presidente Trump es un neopopulista conservador. Su retórica es confusa y resulta difícil encasillarlo dentro de algún paradigma ideológico o económico e intentar pronosticar cuáles serán sus políticas concretas. No es ningún estadista, con un programa integral coherente. Sin embargo, a pesar de su estilo agresivo y autoritario, el sistema de pesos y contrapesos garantiza la prevalencia del sistema democrático. A diferencia de los populismos de izquierda —o de derecha— que han existido y aún existen en América Latina, en los EE. UU. hay efectivos contrapoderes —entre ellos la prensa libre y un poder judicial independiente— que hacen imposible la concentración extrema del poder, que ha caracterizado a los populismos latinoamericanos.
En política económica, el señor Trump es un crítico de la globalización. Rechazó el acuerdo comercial transpacífico y propone renegociar el Nafta —el tratado de libre comercio con Canadá y México. Se inclina por el bilateralismo— lo que es contrario al multilateralismo y al libre comercio mundial. Por el momento no ha hablado de renegociar el Cafta —el tratado comercial con Centroamérica—, pero sus políticas antiemigrantes afectarán el flujo de remesas, lo que posiblemente incida en Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala.
Trump se inclina por una significativa reducción de los impuestos a las empresas. En ello coincide con las políticas que Ronald Reagan implementó en la década de los ochenta. Es la vieja idea de los economistas “del lado de la oferta”, que sostiene que menores impuestos a las empresas y menos regulación estatal fomentarían la inversión y la creación de empleo. Su retórica podría terminar en una especie de “populismo a favor de los ricos”.
Un importante grupo de economistas —entre ellos, los premios Nobel, Joseph Stiglitz y Paul Krugman— han sostenido la necesidad de un sistema fiscal más progresivo, con mayores impuestos para el 1 por ciento de los más ricos y menores impuestos a la clase media y a los más pobres. Para ellos la grave concentración del ingreso es contraria al crecimiento —ya que disminuye el poder adquisitivo de los consumidores y en consecuencia la demanda de bienes y servicios—. Esos economistas también se inclinan por un sistema regulatorio efectivo sobre todo al Sistema Financiero, para evitar la repetición de una crisis, como lo fue la gran recesión de 2007-2008. Trump —por el contrario— se inclina a una fuerte desregulación para facilitar las inversiones y el empleo.El problema no es regular o no, sino establecer regulaciones efectivas en base a un análisis costo beneficio. La excesiva regulación estatal obstaculiza los negocios, pero hay regulaciones necesarias, con beneficios netos.
En lo que Trump parece coincidir con economistas como Stiglitz y Krugman, es en la necesidad de un fuerte programa de inversión pública para modernizar la infraestructura de los Estados Unidos. Lo que no está claro, es como una reducción de los impuestos y un aumento en la inversión pública, incidirá en el déficit fiscal. El déficit fiscal será otro tema de debate, particularmente en un momento en que la Reserva Federal —Banco Central— ha anunciado probables aumentos en la tasa de interés, con lo que finalizaría la política monetaria fuertemente expansiva que se implementó a raíz de la gran recesión.
Vinculado al déficit fiscal, hay otro aspecto muy controversial: el futuro del programa de salud —el “Obamacare”—. EE. UU., paradójicamente es el único entre los países más desarrollados que no cuenta con un programa de salud universal. La posición de Trump, probablemente lleve a una menor protección a la salud de los sectores de menores ingresos. Políticamente ello es paradójico: la retórica populista de Trump le permitió obtener el apoyo de la clase media empobrecida y afectada por la globalización. Muchos de esos sectores no serán favorecidos por el recorte del “Estado del Bienestar”. Sin embargo, en los EE. UU. al menos, el debate sobre las políticas de Trump será intenso. Lo contrario a los populismos latinoamericanos, donde no existen contrapoderes efectivos, lo que no permite un debate serio ni público, sobre las políticas públicas.
El autor es doctor en economía.