Pocos días después del simulacro electoral tengo el dilema si los nicaragüenses estamos conscientes de la grave enfermedad individual y social que estamos padeciendo, demostrada con síntomas reveladores durante el proceso. Uno de ellos fue la declaración pública de Pedro Reyes confesando que había vendido el tendido electoral y algunas diputaciones. Denuncias posteriores de sustitución de fiscales del PLI y otros partidos en contienda confirmaron dicha confesión y con ello la suciedad moral que promueve Ortega comprando conciencias. Esta suciedad degrada a quien seduce y se deja seducir, pero también contamina a quienes apañan y endosan validando el resto de la votación.
Por otro lado, las denuncias de organismos independientes demuestran que los resultados publicados por el Consejo Supremo Electoral (CSE) son tan inauditos que superan el simple “maquillaje”. Uno tiende a focalizar esta deshonestidad solo en Roberto Rivas, pero la verdad es que tenemos que preguntarnos ¿cuántos de los cinco miembros en cada una de las 14,500 JRV de esta y otras elecciones anteriores se han prestado a falsificar actas de escrutinio? ¿Cuántos miembros de Consejos Departamentales o Centros de Cómputo han alterado cifras y ocultado la verdad? La verdad es que el CSE es un organismo delincuencial y al orteguismo no le importa convertir a cincuenta mil o más nicaragüenses en culpables de asociación ilícita para delinquir. Este es el país y la sociedad que están construyendo.
Otro caso fue una anciana en silla de ruedas que iba acompañada de una joven y estaba siendo transmitida en vivo desde un C.V. Al acercarse el camarógrafo televisivo se notaba una expresión extraña en su rostro. Cuando la periodista le hace una pregunta rompe en llanto en lo que parecía una mezcla de impotencia, humillación y miedo. Días después, lo comenté con un grupo de jóvenes y uno de ellos me dijo que su abuelita inválida había sido visitada por miembros del CPC en una camioneta para trasladarla a su JRV para que votara. Hicieron mil malabares para esconder a la anciana pues no quería ir a votar.
Igual atropello sufrieron universitarios becados, trabajadores del Estado y pensionados que reciben su pago de nuestros impuestos. Este hecho es revelador de la peor naturaleza humana del orteguismo: el irrespeto y menosprecio a la dignidad y libertad de las personas, incluyendo la vida misma, con lo cual expongo el último hecho que quiero mencionar: el asesinato a sangre fría de tres habitantes de Ciudad Antigua.
El Cenidh denunció lesiones con cuchillo y fractura de extremidades. Esto es tortura, saña y odio. En el peor de los casos, aunque fueran narcotraficantes, los asesinos demostraron absoluta falta de piedad, legalidad y sentido humano. Por otra parte, si en efecto eran alzados en armas, asesinando no van a evitar que surjan otros, pues estoy seguro que la actitud abusiva y ultrajante que mostraron con la anciana en silla de ruedas es la misma que usan con toda Nicaragua para someternos a sus designios, a las buenas, a las sucias o a las malas. Esta es la única razón por la que existen y existirán alzados en armas.
¿Qué nos pasa a los nicaragüenses? ¿Quiénes recuerdan aun la imagen de esas dos niñas huérfanas? ¿Cuántos votos nulos vale una lágrima de estas niñas que nunca olvidarán la imagen de su padre destrozado? Empatía es una palabra hueca, pero hijos de Dios, católicos o evangélicos sí sabemos lo que significa, aunque luego sea la política inmoral la que dicte nuestras conciencias para decidir votar o no votar, denunciar o tolerar injusticias.
Ahora, esa misma política inmoral nos prepara un “borrón y cuenta nueva” porque es mejor obtener lo “posible fácilmente que luchar cívicamente por lo correcto”. ¿Algún político negociador pedirá a Ortega prueba fehaciente que dejará de infestar al pueblo con el virus del odio, el engaño y la humillación o nos esperan cinco años más de lo mismo?
A pesar de todo, millones de nicaragüenses decidieron no seguir “acomodados contagiándose con la farsa electoral”. El primer paso para un futuro mejor es comprometernos íntimamente a luchar por valores cristianos, recobrar la fe en la honradez de las personas y rechazar todo acto deshonesto venga de donde venga.
El autor es administrador de empresas.