Era nandaimeño, ascendiente del famoso barrio de “El Burrillo”, su familia ancestral de raza negra, muchos más viejos que la hacienda Menier donde en el siglo XIX se producía cacao. Posiblemente sus antepasados formaron parte de una compañía de negros, zambos y mulatos compuesta por más de cien hombres que en tiempos de la colonia servían para resguardar la provincia.
Tenía 64 años cuando se atrincheró en la hacienda San Jacinto situada al norte de lo que entonces se llamaba el llano del Ostócal (en ese tiempo cundido de vegetación, hoy casi un desierto), con ciento sesenta hombres la mayoría provenientes de Granada, Managua, Masaya, y de otros puntos del territorio nacional, reforzados a última hora por un buen número de indios voluntarios flecheros de Yucul, Matagalpa, cuya edad cifraba entre 17 y 25 años, bajo el mando del capitán Francisco Sacasa, quienes eran parte del Ejército del Septentrión, según el historiador Eddy Kühl en su libro Indios Matagalpa, lenguas, cuentos y leyendas, con el propósito de impedir el suministro de carne y abastecimiento de alimentos (tan necesarios para las tropas filibusteras).
Estrada, poseía una vasta experiencia militar. Siendo un chavalo (19 años) formó parte de las asonadas libertarias en 1811 y en abril de 1812 defendió la plaza de Granada. Fue argüellista (en nuestra primera e inexplicable guerra civil, la guerra entre dos hermanos de sangre y cautiverio, Manuel Antonio de la Cerda y Juan Argüello) en ese momento como muy bien lo dice José Dolores Gámez en su libro Historia de Nicaragua, “fiebre o liberal”, como hombre proveniente de las masas del pueblo, logrando obtener el grado de sargento en 1827.
El 9 de agosto de 1851 siendo secretario de Guerra, Buenaventura Selva, en el gobierno de José de Jesús Alfaro, se le otorgó el grado de capitán de las milicias del Estado. En enero de 1855 fue ascendido al rango de teniente coronel por sus servicios militares durante las acciones bélicas que tuvieron por escenario la ciudad de Granada.
La hacienda escenario de su gloria, era una típica hacienda de la época, un cañón con dos largos corredores a los lados norte y sur, todos ellos con piso de piedra fina de bolón, el cielo raso de caña de castilla y las paredes gruesas. Contaba en su parte sur corredores de piedra. Al costado se encuentra la estatua que inmortaliza el fulgor de su gloria, obra de la danesa-nicaragüense Edith Grøn, nos muestra a Estrada con la mirada al cielo, el pendón de la patria en su mano izquierda y en la derecha la espada libertaria que dio al traste con el invasor.
Los filibustero se presentaron en dos ocasiones, la primera un 5 de septiembre, en una especie de sondeo, pero el día crítico fue al amanecer del 14, se calcula que eran unos trescientos hombres. Una intensa neblina cubría el terreno, entraron por la parte sur-este, aprovechando un riachuelo cercano a la finca. Estrada, recio de cuerpo, posiblemente de sombrero, con botas, desde el corredor sur de la hacienda dirigió la defensa. Los fusiles de los patriotas eran de chispa (ya para ese tiempo obsoletos) era un arma de ánima lisa que se cargaba por la boca del cañón; utilizaba cartuchos envueltos de papel, cargados con unos 11 gramos de pólvora negra, incluido el cebo, y bala esférica del calibre llamado “de a 17 en libra” por la cantidad de balas de dicho calibre que tenían cabida en una libra de plomo.
Las armas de los filibusteros eran rifles Sharp (usados antes y durante la Guerra de Secesión), el Manié y Misisipi, revólveres Colt ayudados de morteros, cañones y obuses. La diferencia tecnológica era abismal.
Estrada organizó su tropa, en el frente derecho al teniente Alejandro Eva, Miguel Vélez y Adán Solís. En el centro la compañía del capitán Francisco Sacasa y en el flanco izquierdo a Ignacio Jarquín. Los filibusteros se dividieron en tres columnas. La primera bajo las órdenes del teniente Robert Milligan quien atacó el flanco izquierdo del corral. La segunda al mando del mayor O’Neal atacando por el frente y la tercera al frente del capitán Waltkings en dirección al flanco derecho. La batalla se libró en los corrales, en el barro, con saña, bravura y amor de patria… “Barro amasado con sangre”, barro pipil, barro nuestro, donde se juntaron derramando su sangre, los indios, mulatos, mestizos y criollos para hacerle frente al invasor y confirmar la nacionalidad nicaragüense.
Cuando un chavalo de Managua elevado después a teniente, Andrés Castro, derriba con una piedra al filibustero, lo que derriba no es a un hombre, es al mito del hombre blanco, pelo rubio, ojos grises. Es nuestro David ante Goliat, que cae por la puntería de la honda y la mano de Dios. Quedando el mito en pedazos. Lo peor de la batalla lo llevaron los indios de Matagalpa. “Eran bastante oscuros de piel, mayates, de ojos huidizos y escleróticas amarillentas, cabelleras largas negras embetunadas, y algunas recogidas con colas de caballo. Vestían cotonas blancas y pantalones del mismo color que terminaban enrollados por vendas de majagua semejando una sobrebota que les defendía del lodo. Calzaban caites de cuero amarrados con la inevitable cuerda de majagua. Sus armas eran arcos de caña de danto con cuerda de tripas de zorro cola pelada. Las flechas de pijibay, quesillo o corazón de pacaya según el uso que se les daban”, como lo relata en ese bello libro Memorias de lo olvidado, el escritor jinotegano Simeón Rizo Castellón.
Estrada en su humildad y sencillez resumió los acontecimientos diciendo: “Moriré en mi puesto antes de abandonar vergonzosamente el campo que se me ha confiado, no hice más que cumplir con mi deber de soldado”. Hubo un momento en que la batalla no se decidía, había, coraje, bravura y valentía a ambos lados, en eso Estrada ideó una estratagema, mandó a soltar a los caballos que se encontraban en las faldas de un pequeño cerrito cercano a la hacienda, para que irrumpiera por detrás del enemigo, creando una estampida, hecho que provocó el pavor entre ellos. Y los corceles como dice el poeta peruano José Santos Chocano “de súbito, espantados por un cuerno/ que se hincha con soplido de huracanes, /dan nerviosos un soplido tan profundo, /que parece que quisiera perpetuarse…. /Detrás de ellos, una nube, /que es la nube de la gloria, /se levanta por los aires”.
El autor es abogado.