Daniel Ortega lleva más de nueve años en el poder, este año electoral es candidato de su partido por séptima vez y busca su segunda reelección consecutiva. En cualquier país normal sería de rutina hacer un balance de la gestión gubernamental.
Y aunque Nicaragua no es un país normal, pues los nicaragüenses no tendrán en noviembre una verdadera opción electoral, bien vale la pena hacer el balance.
La farsa electoral y los múltiples abusos denunciados a diario en LA PRENSA, fácilmente demuestran que en el campo de la institucionalidad democrática el balance de Ortega es negativo.
Sin embargo, hay otros campos. Este gobierno se ufana de supuestos logros en el ámbito social. Tomemos la educación, por ejemplo, un área que este régimen usa como carta de presentación porque desde 2007 aumentó la cobertura escolar. ¿Es así?
Según ha reportado LA PRENSA, pese a la política de gratuidad escolar que ejecuta el régimen desde 2007, la matrícula de primaria en el país no crece a pesar que la población sigue creciendo. Según cifras oficiales, a partir de ese año la matrícula de primaria se estancó.
Por ejemplo, en 2002 había una matrícula de 923,400 estudiantes en primaria. Esa cifra creció a 966,200 en 2006, un leve crecimiento promedio anual de 8,500 alumnos. Pero al 2015 se registró una matrícula de 984,383 en primaria. O sea que entre 2006 y 2015, en los nueve años de Ortega, el crecimiento fue de 18,183 alumnos, a un ritmo promedio de apenas 2,000 alumnos por año.
Si el crecimiento en cobertura —que es el logro del que se ufana el gobierno— es ínfimo, la mejora en calidad, cualquier experto independiente lo afirma, es nulo o negativo, pues la educación se ha politizado.
Pasemos ahora a la economía. Ahí el régimen también saca pecho y las organizaciones empresariales y organismos como el FMI avalan el crecimiento sostenido de la economía en al menos cuatro por ciento desde 2011.
Sin embargo, ese crecimiento ha beneficiado casi exclusivamente a las empresas grandes, según una encuesta realizada entre empresarios, que revela que los medianos, pequeños y microempresarios no perciben lo que algunos llaman “la bonanza” económica.
Además, si tomamos en cuenta que a este país entre 2010 y 2015 entraron, producto de la cooperación venezolana, 500 millones de dólares anuales —equivalentes al 25 por ciento del Presupuesto de la República de esos años— ese crecimiento difícilmente se puede poner en la columna de logros.
Pero bueno, han sido nueve años y si las políticas fuesen coherentes y efectivas, al menos podríamos esperar que la economía esté experimentando cambios estructurales que permitan dar un salto cualitativo en el desarrollo del país.
Según economistas consultados, la economía no ha sufrido ninguna transformación. La agricultura y la manufactura siguen teniendo el mismo peso en la economía que tuvieron en la década de 1970. Y donde hay crecimiento, este se registra en los sectores informales del comercio y los servicios, o sea, porque la gente tiene que buscar qué hacer para comer.
En definitiva, en nueve años el orteguismo no solo ha pisoteado las libertades y ha generalizado las violaciones a los derechos humanos sino que nos ha estancado social y económicamente.
Un estancamiento que sufriremos al menos cinco años más.