La tragedia acontecida en Little Corn Island, donde perdieron la vida 13 turistas, es cualquier cosa menos un “accidente”. Este término significa, entre sus diversas acepciones, “suceso eventual o acción que resulta en daño involuntario para las personas o las cosas”, no obstante, la involuntariedad es solo aplicable cuando se desconocen las consecuencias de las propias acciones.

En este caso, nadie más que quienes operaban la nave podrían haber conocido de las graves consecuencias de sus acciones, de su temeridad, de su falta de juicio, en anteponer una ganancia comercial ante la vida de estas personas.
Duele el caso no solamente por la pérdida de vidas humanas, sino también porque nos lesiona a todos los nicaragüenses como nación, en su imagen, proyección, y seguramente impactará reduciendo el flujo turístico, ya que la narración de las circunstancias en las que ocurrió dicho infortunio —al menos desde lo que se ha conocido a través de los medios— nos posiciona como un territorio en donde la fantasía supera a la realidad, la irresponsabilidad como norma irreprochable de actuación: un “capitán” o lo que esa función pueda llamarse, hace caso omiso a la prohibición expresa de zarpar emitida por la autoridad competente, cuya disposición terminante —aparentemente— fue tomada como un consejo de abuela, una opinión intrascendente o una invitación ociosa y vacía.
Somos la expresión más quintaesencial del realismo mágico. Gabo estaría bañado en lágrimas al ver aquí superada su obra.
Como se comprueba siempre, la vida es la más inverosímil que las novelas, haciendo parecer a los creadores de ficción más hábiles e imaginativos, como verdaderos amateurs.
El fenómeno de esta conducta irresponsable tiene su sustento científico. Está fundamentado en el comportamiento precursor de desastres conocido como “la normalización de la desviación” que se define como el proceso gradual a través del cual una práctica o estándar inaceptable o imprudente, se convierte en aceptable o normal. El razonamiento es torpe e invariablemente fatal: si la última vez no hubo consecuencias que lamentar, entonces la práctica es correcta.
Para quienes quieran ilustrarse en profundidad sobre cómo esa conducta lleva a verdaderas catástrofes, pueden leer la monumental obra de Diane Vaughan, The Challenger Launch Decision, donde ilustra cómo esta postura colectiva fue la causante del primer desastre de los desaparecidos transbordadores espaciales, siendo este factor aplicable a cualquier industria o negocio que tenga operaciones con altos niveles de riesgo y la probabilidad de falla catastrófica.
Confío en que las autoridades podrán realizar una investigación objetiva y no un proceso vaporoso, que termine en solamente lamentaciones por la pérdida de vidas, condenando a todos los responsables (no solamente el timonero) sino por coautoría a todos los responsables en el conglomerado comercial que provee este servicio, evitando así que los operadores turísticos antepongan intereses comerciales a la seguridad operacional, determinando con qué tipo de seguros están respaldados, qué garantías ofrecen a los turistas bajo su responsabilidad, qué formación tienen los timoneles y personal auxiliar, a qué inspecciones previas las autoridades someten a las embarcaciones; pero sobre todo, dilucidar los porqués específicos del aparente desacato —o qué otras razones mediaron— para que las disposiciones de la autoridad portuaria, quienes también disponen del uso inmediato de la fuerza, hayan permitido ese incumplimiento.