Rehúso consumir o comprar en restaurantes o tiendas con precios dolarizados porque mis córdobas reciben tres impactos: la utilidad del comerciante; el cambio dólar a córdoba y la pérdida de adquisición. En las tiendas me impongo la vieja regla del sabio comprador: que el objeto me guste, que tenga para pagarlo y que lo necesite. Si una de estas objeciones es válida, no compro.
El comercio está desesperado porque llegue la Navidad, y el Gobierno ha aceptado entregar los decimotercer mes en noviembre. Cada año más temprano. Dos instituciones regalan un decimocuarto mes: el Banco Central y el INSS. El dinero del INSS es de los asegurados y ni el Gobierno ni el INSS tienen derecho a regalar lo que no es suyo. Si el Gobierno fuera solidario daría ese decimocuarto mes a los ancianos jubilados y no al duplicado y ocioso personal del INSS.
El empleado más importante de una transnacional dijo en una entrevista dominical reciente, que —en Nicaragua— vivimos en “amor y paz”, texto que envié a la hoguera. En estas declaraciones, está fotografiada la complicidad del empresariado con la dictadura.
Aldous Huxley, moderno filósofo, escribió en su libro Visita a un Mundo Feliz que “la democracia difícilmente podrá avanzar en sociedades donde el poder político está centralizado. En este estado, la clase media está en desventaja, más aún, cuando la centralización de este poder es cómplice del empresariado. Cuando al empresariado no le importa que el poder esté centralizado en un individuo, la democracia y la clase media nunca prosperarán”. Añade Huxley: “Entonces se establece el consumismo sin freno, que es una secuela de la producción del empresariado, en abierta complacencia con el poder”.
De ahí la simbiosis actual —empresariado-dictadura—, la dictadura versión uno de los 80 lesionó, atacó, confiscó y despojó de bienes al empresariado y a un sector del pueblo, dejando al país en ruinas y una deuda pública, para que los culpables de la versión uno vivan en mansiones robadas.
La dictadura versión dos —2007 en adelante— es distinta. Complicidad, complacencia, tolerancia y silencio entre el poder y el empresariado. Aunque el reelecto nueve veces presidente de Cosep quiera justificar “el papel del sector privado”, en palabras que agradan a los socios de la dictadura, sus afirmaciones y sobrios gestos quedan con el sabor de un chiste mal contado.
El gran capital controla la pequeña y mediana empresa, llamada mipyme impidiendo que este sector compita, más allá de ciertos volúmenes. El pastel es solo para el gran capital. En una cena de viejos amigos, un empresario me confesó que “ahora él vota por Ortega” porque les garantiza paz y buen clima de negocios. La institucionalidad, la descentralización, la independencia de poderes, dijo, es pura politiquería.
Ante un año electoral se siente que la dictadura no hará nada para admitir reformas a la Ley. La dictadura no dialoga; responde con la represión. Cito nuevamente a Huxley: (El dictador), “nunca debe admitir que tal vez esté equivocado o que sus adversarios tienen la razón. No se debe discutir con ellos; hay que atacarlos, callarlos, y si es necesario liquidarlos”. Huxley citaba a Hitler. Hace años el empresariado fue advertido por la dictadura en Incae: “Ustedes hagan sus negocios y no se metan conmigo…”.
Lenin —en el poder, después de Kerensky—, fue una mañana a la estación de Moscú a despedir soldados que iban a la guerra. Se detuvo ante un chavalo y le preguntó qué opinaba de la política. Tiritando, este le contestó que no se metía en política. “Ah —le dijo Lenin— lo que pasa es que la política sí se mete contigo”.
El autor es abogado y periodista.