El Carnegie Hall de Nueva York ha conservado la distinción de ser “el Templo Sagrado de la Música”. En excepciones durante su travesía, ha hecho sutil excepción de esa particularidad por circunstancias ajenas al objetivo de mantener incólume la calidad de su imagen.
Ahí es escaso el acceso de la inmadurez, del infantilismo precoz mucho del cual ha pretendido encenderse ante la majestad de sus luces, ante las arañas antiguas.
No pocas veces se ha hecho el reconocimiento a ese monumento jerarquizado por el tiempo, mirador del futuro de los niños prodigios, cada uno en los diferentes rangos del arte universal.
Uno de estos ejemplos lo ha dado un niño prodigio, uno de los cuales por su anticipado virtuosismo, escoltado por esa singularidad, dio su primer concierto en el Carnegie Hall.
Lo calificaron como “un angélico pianista inglés de cabello rebelde”. No tenía la apariencia del niño concertino que asomaba la timidez frente a las pruebas del piano, con la discreción que le imponía la fresca sabiduría.
Y comenzó a tocar a Ravel. ¿Su nombre? Benjamín Grosvenor. Contaba con el tierno espaldarazo de trece años de edad y con ese trayecto antes de despuntar en el Carnegie, ya había pasado por los cortinajes más exigentes de Inglaterra.
Bastó que ello ocurriese para que el rumor fuera el viajero instantáneo a las playas de Ultramar sin más currículo que la hábil comprobación de sus manos y de su alma invisible pero trascendente.
Ahora lo valora el “Times de Londres”. Se ha convertido en el pianista más notable de nuestros tiempos a los trece años de edad con los cuales cautivó a la Urbe, catalogado como el rey prematuro del Royal Albert Hall, especialista en Liszt, en Britten, admirador natural de otro prestigio: el inmortal Mozart.