Como el papa Francisco siga así, cuando en enero los reyes magos pasen por su humilde apartamento en Roma lo que le van a dejar colgado en la chimenea es un saquito de carbón. Y es que resulta imposible continuar atribuyendo sus pifias a inocentes confusiones o errores propios del novato en un cargo. Su reciente gira americana lo ilustra. Fue exclusivamente a Cuba, un país de los más parecidos al infierno en la Tierra, y vino a los Estados Unidos, que no hace tanto todavía era lo que más se asemejaba al paraíso.
Y como observó José Daniel Ferrer, el valiente que dirige la Unión Patriótica Cubana, el papa habló en parábolas en la isla mientras aquí más claro no pudo pronunciarse. Allí hizo manitas con un par de asesinos mafiosos ladrones enemigos de Dios y del género humano, mientras aquí no se cansó de regañar a la única sociedad democrática en el mundo a lo largo de dos siglos y medio. Su discurso en Cuba no repitió el de Juan Pablo II, “no tengan miedo”, sino que se diluyó en el nada esperanzador de “no pierdan la fe”, “no pierdan la esperanza”.
¿Esperanza en Cuba? No queda, está “en falta”, como las medicinas en las farmacias. ¿Y fe en ese agujero inmundo donde ya casi nadie cree ni en la paz de los sepulcros? Su discurso aquí tuvo otros tonos. Reiteró eso de que hay que salvar un planeta puesto en peligro por la codicia capitalista y repitió que debemos ser solidarios con los que menos tienen; en fin, recordó las viejas consignas evangélicas de dar de comer al hambriento, de beber al sediento, posada al peregrino, visitar al preso, etc.
Pero cuando ante ese auditorio excepcional constituido por ambas Cámaras congresuales estadounidenses tuvo la oportunidad de hacer una defensa cerrada del también mandato bíblico “creced y multiplicaos”, se limitó a consignar que la vida humana debe ser valorada “en todas sus etapas”, lo cual naturalmente se interpretó por un bando como condena al aborto y por el otro como condena a la pena de muerte. Si bien es chueca la comparanza.
En un país de 330 millones de habitantes, anualmente como promedio son sentados en la silla eléctrica o inyectados con sustancias adormecedoramente dulces, aunque letales, treinta sujetos perversos tras lustros o decenios de apelaciones ante los tribunales, mientras alegremente son segadas las vidas de un millón de angelitos que se ignora si escogerían al crecer ser buenos o malos, a los que se les niega hasta la primera bocanada de aire. ¿Y son igual treinta monstruos a un millón de inocentes?
Lo más estrafalario, sin embargo, fueron los encuentros semiclandestinos que sostuvo el papa. Primero se filtró, con alguna fanfarria, que había visitado una prisión estadounidense y, como quien no quiere la cosa, que también había ido adonde las Little Sisters of the Poor, esas monjitas que soportan brutales ataques legales porque rehúsan dar servicios abortivos en adición a los cuidados de salud que regalan.
Después nos enteramos que Pancho se había entrevistado con Kim Davis, la funcionaria a cargo de las licencias matrimoniales en el condado Rowan, Kentucky, a quien, por negarse a emitirlas en el caso de parejas homosexuales, un juez la metió en chirona una semana.
Fue el entorno emocionado de esa cristiana renacida que dio la noticia de la felicitación del pontífice por sostener su fe y ni la nunciatura ni el Vaticano lo desmintieron, puede que por el par de irrefutables pruebas que Bergoglio le regaló: dos rosarios bendecidos, uno para ella y otro para el marido. Pero luego un comunicado del vocero de la santa sede, Federico Lombardi, explicó la necesidad de “clarificar” que el encuentro con la funcionaria no significaba un apoyo a sus posturas y que la única audiencia papal oficial en la nunciatura fue la que Francisco tuvo con Yayo Grassi, antiguo alumno suyo en el Colegio de la Inmaculada Concepción allá en Santa Fe, Argentina, y su familia. Pero sucede que la cita fue solicitada no por el antiguo alumno, sino por su santidad, que deseaba abrazar al viejo discípulo y que la “familia” presente más cercana de Yayo era Iwan Bagus, su pareja homosexual.
Y todo esto unos días antes de que comenzara en Roma el sínodo sobre la familia, un año después de suspenderse una primera parte para dar tiempo al tiempo y a la jubilación de ciertos cardenales tradicionalistas y que, por lo que se atisba, va a ser de alquilar balcones. Cuando en enero vengan los reyes magos, veremos si Pancho habrá merecido apenas un saquito de carbón o dos o tres y alguno más. ©FIRMAS PRESS
El autor es analista político.