Nosotros recomendamos siempre empezar por ponernos en la presencia del Señor. Es difícil dialogar con alguien ausente. Por eso tomamos conciencia de que estamos en la presencia del Señor. Cuando decimos que Dios es omnipresente, no queremos decir que Dios está en todas partes en el sentido de que Dios está en la cartera de mi mujer, sino que todas las cosas están siempre ante sus ojos y nosotros también.
El siguiente paso es tomar conciencia de quiénes somos. Yo soy hijo de la persona con quien hablo. Esto cambia toda la perspectiva de mi oración. Él me ve como Padre, se complace en mí, tiene ganas de estar conmigo. Ande como ande, esté como esté, soy su hijo y él me ama. Tiene ganas de estar conmigo aun cuando yo no tenga ganas de estar con él.
En alguna parte leí que la razón por la que Dios quiere que le pidamos lo que necesitamos, aunque como dice la Escritura nuestro Padre sabe muy bien de antemano lo que necesitamos, es precisamente porque así puede estar un rato más cerca de nosotros. Como cuando le contamos un cuento a los hijos, como excusa para poder sentarlos en las rodillas y estar con ellos un rato.
El tercer paso nos lo ha enseñado mi amigo Chale Mántica y le llama: “Aló, ¿con quién hablo?” Hay gente que empieza a decir cosas al aire. Conviene saludar: “Dios Padre celestial…” y dirigirnos a una de las Tres Divinas Personas en un momento y a otra en otros. La alabanza puede ir dirigida a las tres porque las tres son igualmente dignas de alabanza. Ser lleno del Espíritu se lo pido al Padre, porque él no dará una piedra al que pide un pan, y el Espíritu es su promesa. Al Espíritu le pido que me guíe en la oración, o que ore dentro de mí. A Cristo le cuento mis problemas y le entrego mi vida y mis cosas porque él es mi Señor. Cuando oramos por curación siempre lo hacemos al Padre, en el nombre de Cristo y en comunión con el Espíritu Santo. Y debemos ser agradecidos y darle gracias por todo lo que nos da y hace por nosotros.
Todo lo anterior suena largo pero dura solo unos segundos. Estos son preliminares. Al comenzar verdaderamente a orar, es bueno comenzar con la alabanza, porque la alabanza está centrada en Dios y no en nosotros, en nuestras necesidades o problemas o en nuestras culpas.
Muchos creen que su oración es más agradable a Dios si pasan todo el tiempo confesando su pecado y desarrollando interiormente un horrible sentimiento de culpa. El diablo les está metiendo un gol. Porque ha logrado que el foco de nuestra atención y de nuestra oración sea yo y mi pecado y no mi Dios. Debemos alabar largamente para olvidarnos de nosotros mismos. Para que venga sobre nosotros la paz del Señor.
A continuación pasamos a la oración de intercesión. Pedir cuanto necesitamos. Pidámosle al Espíritu que nos guíe. Algunos toman un tiempo para leer la Palabra de Dios y meditar un rato. Esto es bueno, pero no es oración. Lo recomiendo cuando la sequedad es extrema.
Algunos de nosotros rezan la Liturgia de las Horas para unirse a la oración universal de la Iglesia. Otro rato lo dedicamos a ofrecer nuestras obras del día, nuestra vida misma, comenzando por ofrecernos nosotros mismos y nuestras circunstancias, para no pecar. Y debemos terminar con una oración de Acción de Gracias.
EL AUTOR ES COORDINADOR DE LA CIUDAD DE DIOS