Tambores, ritmos y marchas. Es septiembre celebrando el patriotismo, un concepto que todo el mundo pregona y pocos entienden. Posiblemente la mayoría diga que es amor a la patria, pero sin comprender bien las exigencias de este concepto. Así, el patriotismo se convierte fácilmente en patrioterismo; en retórica superficial que exalta la patria de labios afuera, sin contenido real.
Para muchos la expresión más alta de patriotismo es morir por su nación en el campo de batalla. Puede serlo pero no siempre. Bertrand Russell, filósofo inglés, definió burlescamente al patriotismo como “la disposición de matar y dejarse matar por razones triviales”. Y es que el fragor de la batalla puede atraer a muchos carentes de amor y reflexión; a las legiones de hombres que les gusta guerrear, porque “la runga”, como se dice en Nicaragua, espanta a muchos pero puede atraer a muchos más por razones nada nobles: por aventura, fanatismo destructor, impulsividad juvenil, etc.
Walker empuñó las armas pero no era un patriota. Tampoco lo han sido, necesariamente, muchos de nuestros líderes o próceres que hicieron lo mismo. Porque un problema adicional es que los arranques patrióticos que despiertan a la voz del cañón, suelen menguar cuando estos callan y resurgen las ambiciones mezquinas que habían soterrado los días de gloria.
El general Tomás Martínez, líder en la lucha antifilibustera, y primer presidente de Nicaragua después de la Guerra Nacional, se entusiasmó con el mando y violó la Constitución que prohibía la reelección, produciendo la primera guerra civil del período. No contento con dos períodos quiso volver una tercera vez al poder, orquestando una fallida insurrección que derrotó —con sangre— el presidente electo Fernando Guzmán. Fue uno entre los muchos dramas de nuestra historia protagonizados por patriotas que empuñaron el fusil libertario para después sucumbir al néctar del poder.
El patriotismo verdadero, como todo amor, es exigente, modesto y duradero. Valen al respecto las palabras de Madre Teresa de Calcuta: “El amor es hasta que duele”. El amor ocurre, y se prueba, hasta que el amante sufre un dolor o renuncia en favor de la persona o colectividad amada. Antes de eso es teoría o sentimentalismo. Mi capacidad de amar no se mide por cómo me palpita el corazón al ver o recordar esa persona o al oír un himno determinado, sino por el grado en que soy capaz de sacrificarme o renunciar a mis propios beneficios, en aras del bien de alguien o de otros. Aunque el ritmo cardíaco no se altere.
El patriotismo verdadero es modesto. Aquí son pertinentes también las palabras de San Josemaría: “¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! “Piensa, entonces, qué es lo más heroico”. Es el caso de quienes sueñan con hazañas patrióticas en el campo de batalla pero rehúyen prestar un servicio comunitario o asumir sus responsabilidades cotidianas, cívicas y familiares.
Finalmente el patriotismo real es duradero. La prueba de fuego de todo amor es su capacidad de permanecer como voluntad estable de procurar el bien del amado, aun cuando se hayan disipado el entusiasmo romántico de los primeros días, y hayan resurgido las contradicciones, el cansancio y el tedio. El amor de corto plazo lo puede cualquiera. El que persevera es logro solo de aquellos que han cultivado su capacidad de compromiso “en las duras y las maduras”.
Las marchas de septiembre podrían ser puro ruido, “metal que resuena o símbolo que retiñe”, como apuntó San Pablo. Porque el patriotismo, como dimensión del amor, exige mucho más.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación.
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