Nací y crecí cargando sobre las neuronas y las espaldas una afirmación que parecía casi una ofensa: ¡Vos sos boaqueño!, ¡este es boaqueño!, ¡este es de Boaco! De arriba o de abajo no importaba, daba igual pues todo conducía al común denominador que ser de Boaco equivalía a ser idiota. O a ser pendejo. La historia de los boaqueños ha demostrado todo lo contrario, al fin y al cabo subyace un güegüensismo en esa afirmación, que personalmente he venido matizando al correr de los años: Yo digo que yo soy de Boaco pero que los boaqueños (la connotación peyorativa) “se quedaron allá” y sé que no ofendo a nadie pues en ese pueblo entrañable (“Culto y Oculto” al decir de Carlos Martínez Rivas) nacieron, vivieron, murieron tantos pro hombres, tantos “valores dispersos” tantos brillantes cerebros de la pluma, de la economía, de la política, de las artes, de las ciencias, de la filosofía, que no me atrevo a mencionarlos uno a uno. Filántropos, comerciantes, funcionarios públicos probos, empleados públicos honrados; economistas modernizadores y administradores progresistas, sacerdotes de avanzada, monjas rebeldes, jóvenes revolucionarios consecuentes hasta la muerte, por quienes guardo un reverente respeto. Fueron como cometas que iluminaron a ese pueblo pequeño, (“con una montaña de pedestal”). Médicos buenos, humanitarios. Finqueros honrados y comerciantes justos. Hasta los prestamistas tenían más corazón que las tasas de interés compuesto, que caracteriza al sistema financiero contemporáneo. De ese Boaco de la infancia extraigo los mejores recuerdos y las mejores virtudes humanas independientemente de las clases sociales y las tozudeces ideológicas.
Pero eso ya no existe.
Ahora me doy cuenta que en este país todos somos boaqueños en el peor sentido de la expresión.
Si lo boaqueño fue en una época una especie de sentido naif de la vida y de las cosas, ahora parece que la idiotez humana se ha adueñado de la nación nicaragüense, incapaz de diferenciar entre el bien y el mal. Un pueblo que no diferencia entre el ciudadano honrado y el sinvergüenza, que cree en mensajes de reconciliación, amor y paz y no puede ver o no quiere ver que ese discurso no se corresponde con la realidad; un pueblo que acepta como normal que le roben, que los ladrones aparezcan en el escenario nacional como multimillonarios de la noche a la mañana; que se violenten sus derechos humanos que haya cardenales y sacerdotes al servicio del poder terrenal, ¿es un pueblo boaqueñizado?
¿Un pueblo sin memoria histórica para recordar quiénes dieron sus vidas para acabar con una dictadura?… ¿para que nazca otra?
¿Un pueblo de boaqueños que no saben diferenciar entre héroes y villanos?
¿Un pueblo de boaqueños miedosos, cobardes, incapaz de exigir respeto a su dignidad de persona humana?
¿Eso somos?
He visto cómo el boaqueño reacciona frente al atropello y la injusticia. Lo he visto frente a las “patas de gallina” de la Guardia Nacional (GN) instaladas en el cuartel central de la GN; lo vi enfrentarse a la dictadura militar somocista y votar contra la pretensión de dictadura militar sandinista de los años ochentas. He estado allí. Lo he vivido y lo he sufrido, como también se sufre frente a la apatía y la indolencia, ante el abuso de poder. Eso es ser boaqueño dicho de la peor manera.
¿Somos los nicaragüenses unos perfectos boaqueños?
Tengo mis dudas
Escribo este artículo a la memoria de Manolo Morales Peralta, en el 40 aniversario de su partida.
El autor es diputado al parlacén.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A