Asumo la responsabilidad personal —subjetiva— de deducir. La deducción no califica en el reino de la verdad pura, en la exactitud del dogma. Los principios doctrinarios indican que la autenticidad se descubre con el análisis. Es la facultad natural que tiene el ser de andar en la búsqueda de la realidad, pudiendo ser esta el polo de la fantasía. Puede coincidir esta indagación con el método de tomar las escaleras que conducen a la síntesis, etapa final que concuerda con el descubrimiento de la verdad.
Con esta vacuna previa no pretendo pontificar en el altar de la filosofía cuya sabiduría es ciencia en el sentido general de la palabra, subirme al nivel de la erudición, aunque en esta cátedra siempre se aborda a un filósofo popular, silencioso, favorecido por la cultura de la razón. Filosofar ¿no es acaso pensar? En ese sentido opino sobre un artículo publicado por el licenciado Eduardo Estrada en respuesta a otro escrito por el doctor Alejandro Serrano Caldera, cuyos méritos conozco desde antaño. Aclaro, él como ser humano no es el modelo inequívoco de la perfección. En su artículo “evoca a la ética como referente moral” y cita a Martin Heidegger inspirado este en la poesía de Hordelin: “El ser humano se funda en el lenguaje”. Estrada esperó que Serrano hiciese una observación crítica sobre la forma en que —éticamente— se comportó el alemán. Se limitó a la circunscripción literal del pensamiento del invocado. El pecado —supuestamente mortal— se le imputa al filósofo nicaragüense porque este evadió hacer una reseña aunque breve de la personalidad del autor del párrafo citado.
Llama la atención el título Una pifia del filósofo Serrano Caldera, constituyéndose en una tentadora tentación a conocer el contenido total. Pero leyéndolo con reiteración, con el auxilio de un bastón para los ojos, no encontré ninguna justificación para considerarlo como pifia, esa calificación tan negativa y por supuesto despectiva tratándose de un catedrático prestigioso y bien valorado cuyo nombre bautiza a una cátedra.
Lo que más se descubre en el afán de identificarse con la síntesis es que hubo una omisión venial de la conducta inmoral “demoníaca” atribuida a Heidegger desde “el punto de vista” de que la referencia se hizo alrededor —estrictamente— del pensamiento del personaje citado y no en el contorno de su vida acusado de ser un tipo despreciable —el típico oportunista, un “trepador” que hizo uso de la nave del hitlerismo para llegar al puerto de su universidad—. El se basó en un estudio sobre la poesía de Hordelin pero este tampoco tuvo culpa —entiendo— de ser aludido por la extroversión del polémico alemán.
Considero que entre pensamiento y acción hay una considerable distancia. Una actitud es pensar y otra llevar o no el pensamiento a la acción. El pensamiento es contemplativo, afirma, niega, imagina. La acción es dinámica.
Heidegger fue entonces en los rasgos de su temple, un pensador que no tradujo su lenguaje en la acción. El tema requiere la exposición de más argumentos principalmente esclarecedores sobre la personalidad de estos personajes que no supieron cosechar los frutos del pensamiento.
Concluyo firmemente que el filósofo nicaragüense no merece ser tratado como el culpable de una pifia solo por haber omitido —su propósito no era ese sino citarse con el pensamiento— los rasgos reales de la existencia del filósofo alemán.
El autor es periodista.