Imaginémonos que un piadoso rabino recibe un obsequio: Un ejemplar de la Biblia judía, sobre una gran esvástica. Imaginemos su reacción. Como mínimo, sería parecida a la del papa Francisco I cuando ocurrió la masacre contra el satírico Charlie Hebdo. La deploró, pero añadió: Los insultos anti-religiosos (en ese caso el islam), ofenden tanto como una injuria a nuestra madre. El ofensor puede esperar puñetazos. Pero. ¿Cuál fue su actitud ante el obsequio de Evo Morales, una sacrílega y perversa burla, un crucifijo montado sobre la hoz y el martillo? El papa lo recibió amablemente. Después el vocero del Vaticano, Federico Lombardi, declaró “El papa no tuvo una particular reacción negativa cuando Evo Morales le obsequió el crucifijo con la hoz y el martillo”. Pero, lamentablemente, este asunto excede la esfera de la mera tolerancia o humildad personal del papa.
El engendro que unifica la imagen de Cristo con el símbolo del ateísmo marxista-leninista, que persiguió a millones de cristianos en la Europa centro-oriental, fue creado por el cura jesuita español Luis Espinal Camps, uno de tantos católicos radicalizados, quienes inicialmente movidos por el sentido cristiano de justicia, encontraron en el marxismo la doctrina “científica” para la liberación y para comprender “el curso inevitable” de la humanidad. Perdieron el norte. No evaluaron el acontecer dentro del sistema socialista dictatorial. Lo ensalzaron. Pretendieron usar como simple anzuelo al cristianismo (cuya esencia espiritual cambiaron por el materialismo histórico), para radicalizar políticamente a su grey desprevenida. (Espinal fue asesinado en Bolivia en 1980). Tras el regalito, el papa visitó a sus hermanos jesuitas en La Paz y allí estos afirmaron expresamente: “En esta cruz no hay una confusión entre fe e ideología. No es un símbolo de interpretación marxista sino del diálogo y la libertad” ¿Habrase visto adulteración tan falsificadora de conceptos y hechos? ¿Pensarán alegremente esos jesuitas que la fe nos imbeciliza?
La hoz y el martillo fueron y son (para tiranos aspirantes al totalitarismo) el símbolo de Lenin, de “la religión, opio de los pueblos”, de Stalin, de Mao, de los Kim nor-coreanos. Bajo su sombra asesinaron, torturaron, desaparecieron a cien millones de personas entre 1917 y 1990. Pero el papa no se ofendió. No importó que aquello simbolice la doctrina combatida (junto al individualismo extremo) desde tiempos de papas ilustres como Pío XI y León XIII, la misma ideología del sistema al que se opuso desde su temprana juventud ese gigante que fue San Juan Pablo II, calificado el 13 de julio corriente por el cuasi-analfabeta Evo Morales de “amigo del capitalismo y del imperialismo”, “tan diferente del hermano Francisco, anticapitalista y anti-imperialista, sobre quien pesan amenazas de muerte del capitalismo”.
Ciertamente, los católicos deben luchar por la justicia, por la equidad, contra los excesos conducentes a la mercadolatría y a la especulación insaciable, pero deben hacerlo desde la ética cristiana y no desde el odio brotado de los escondrijos de la obscura psiquis de los Evos, Nicolases y similares. Adicionalmente, hay que comprender que si los católicos están obligados a obedecer en asuntos de fe, jamás lo estarán en temas que la politizan con antivalores. Es condición humana irrenunciable pensar críticamente y denunciar (venga de donde venga) la falsificación de los hechos. Ojalá el Vaticano condene las ofensas contra Juan Pablo II, y el pervertido uso que Morales, fanático atormentado, hizo y hace de la visita papal. El silencio denotaría una reciente agenda supra-pastoral, peligrosamente divisiva para la Iglesia.
El autor es catedrático universitario y católico.
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