“Hacer política es una forma de martirio”, dijo recientemente el papa en un encuentro reciente con jóvenes. Descartando el texto de su discurso, por considerarlo aburrido, Francisco improvisó un autodiálogo en que se preguntaba y contestaba a la vez: “¿Un católico puede hacer política? ¡Debe! Pero, ¿un católico puede involucrarse en política? ¡Debe!” Anticipando la reacción de su juvenil audiencia añadió: “Pero, padre, hacer política no es fácil, porque en este mundo corrupto finalmente no puedes salir adelante”, a lo que volvió a responderse: “¿Qué me quieres decir, que hacer política es un poco un martirio? Eh, sí: es una forma de martirio pero los cristianos deben involucrarse ahí, aunque se ensucien un poco”.
No hay duda de que meterse en política, sobre todo en sociedades donde se mueven tantos intereses rastreros y donde abundan las trampas y las intrigas, puede ser una tarea desagradable en la que es fácil salir manchado y decepcionado. Muchos alegan esta realidad para no participar. Y suelen hacerlo con cierto aire de superioridad, presentándose como demasiado limpios para exponerse a pringarse de lodo, o demasiado inteligentes para arriesgar su tiempo. Mejor, dicen, me dedico a lo mío; “para qué andar de babosos exponiéndonos a una garroteada para que otros se queden con el mandado”.
El problema es que en el fondo todos estos argumentos, en cierto modo razonables, suelen esconder una actitud cómoda o egoísta. Porque evidentemente es más fácil, sabroso y seguro, quedarse en casa o en lo nuestro, antes que salir a empolvarnos en luchas inciertas y con frecuencia sucias. Pero como señala el papa, esta no es la actitud propia del cristiano cuyo modelo, Cristo, salió de la comodidad del cielo para involucrarse en la vida de los hombres y padecer mucho, hasta muerte de cruz. Y ¿por qué? Por el bien de los demás.
Por eso mismo Francisco recordó que el beato Pablo VI dijo que la política es una de las formas más altas de la caridad, porque busca el bien común. En efecto, si hay una tarea noble y bella que corresponde al común de los ciudadanos, es precisamente la de trabajar, con responsabilidad personal, por una sociedad más justa, recta y limpia. Esto no se limita al campo de la política pero tampoco la excluye. Todo lo contrario.
De las autoridades o mundo político depende en gran parte la justicia, la paz, la educación y el progreso. Quienes ejercen el poder tienen una gran capacidad para mejorar o empeorar la calidad de vida de sus poblaciones Es por tanto de primera importancia tratar de que gobiernen los mejores y lo hagan de acuerdo al derecho y a las exigencias del bien común. Y esto exige que todos los ciudadanos, y no solo de los llamados “políticos de profesión”, hagan lo que esté a su alcance para influir en los temas públicos.
¿Qué ocurre cuando los buenos o quienes se creen serlo, so pretexto de no ensuciarse se abstienen de participar en política? Pues que dejan el campo libre a los malos o a quienes usan el poder para servirse egoístamente y perpetuar las injusticias. Como se ha dicho tantas veces, para que triunfe el mal basta que los buenos no hagan nada.
Las recientes palabras de Francisco son un remate adecuado a esta reflexión:
“Yo, católico, ¿miro desde el balcón? ¡No se puede mirar desde el balcón! ¡Involúcrate ahí! Da lo mejor, el Señor te llama a esa vocación, haz política: te hará sufrir, por ahí te hará pecar, pero el Señor está contigo. Pide perdón y sigue adelante”. El autor es sociólogo y fue ministro de educación.
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