Sin refutar los argumentos de mis anteriores artículos, Humberto Belli se limita a encasillarme como “crítico del cristianismo”. Yo me limito a señalar hechos históricos. La separación del Estado y la religión que se logró en las democracias modernas fue un cambio trascendental en la historia de la humanidad. Se erradicó el llamado “antiguo-régimen” de la edad media —basado en la “unión del trono y el altar”— unión que no fue lo que predicó Jesús. El liberalismo desacralizó al poder y no solo sentó las bases de las democracias modernas, sino que permitió y permite la libertad de religión —libertad que no existió con la teología de la dominación que sacralizó el poder político—. Dicho sea de paso, la teología de la liberación latinoamericana, por su parte, cometió el grave error de sacralizar el marxismo.
Pierre Manent reconoce claramente la oposición que tuvo la Iglesia católica, tanto hacia la democracia como a la libertad de religión. El papa Gregorio XVI, en la Encíclica Mirari Vos —de 1832—, se oponía al liberalismo, a la libertad de prensa —imprenta— y a la: “ ( ) Falsa y absurda opinión, o más bien delirio, según el cual la libertad de conciencia de cada quien debía ser afirmada y defendida”. La libertad de conciencia de los cristianos protestantes se consideraba contraria a los principios del catolicismo. Predominaba el principio que los “herejes” o “el error no tiene derechos” y que “fuera de la verdadera Iglesia, no hay salvación”.
En 1906 el papa Pío X en la Encíclica Vehementer Nos, condenó la separación de la Iglesia y del Estado que hizo el gobierno francés, como “un hecho gravísimo ( ) y tesis absolutamente falsa y sumamente nociva”. Las posiciones de Gregorio XVI y Pío X contrastaban radicalmente con la Carta sobre la Tolerancia de John Locke —de 1689—, quien defendió la libertad de creencias religiosas y la separación entre el Estado y las religiones.
La Iglesia católica, luego de una larga lucha con el liberalismo terminó adaptándose a la democracia. Como señaló George Weigel, las presiones de la Historia indujeron a la Iglesia a dar un giro a favor de la democracia y a aceptar la separación entre la Iglesia y el Estado. La amenaza del comunismo —que se consideró peor que la del liberalismo (indujo) sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, a pronunciarse a favor de la democracia— aunque su preferencia por siglos fueron las monarquías medievales. En 1965 en el Concilio Vaticano II se reconoció plenamente la libertad de religión y la Iglesia católica —que entre otras cosas había apoyado el fascismo de Franco en España— se orientó decididamente a favor del sistema democrático.
Paradójicamente la democracia también tiene una deuda con Martín Lutero, quien fue partidario del absolutismo político. La reforma protestante —a pesar de sus muchos defectos— rompió con el monopolio religioso que en Europa Occidental ejerció la Iglesia católica por siglos. Esa división —sin pretenderlo— fue favorable para la democracia. En los Estados Unidos (EE. UU.) ninguna de las diversas denominaciones cristianas que se asentaron en ese país pudo arrogarse el monopolio del cristianismo. Como visualizó Madison, mientras más dividido estaba el cristianismo, mejor resultaba para la democracia. El Estado fue declarado laico, lo que permitió la libertad religiosa de todas las creencias.
La ética protestante —no la católica— promovió, según Max Weber, el desarrollo del capitalismo. Paralelamente, la derrota del absolutismo monárquico en la Inglaterra anglicana —con la revolución de 1688— creó un clima de libertades políticas y económicas que fue lo que facilitó —como sostiene Acemoglu— la revolución industrial base de la expansión capitalista. La libertad religiosa y económica favoreció la democracia y el desarrollo capitalista en los EE. UU. Esa nación fue heredera de la reforma protestante. América Latina, por el contrario, como señaló Octavio Paz: “Fue heredera del catolicismo de la contra reforma, de una religión petrificada”.
La conquista de América con la espada y con la cruz sacralizada por el papa Alejandro VI —padre de Lucrecia Borgia— terminó diezmando a la población indígena. Como señaló Roger Garaudy, esa “evangelización, a pesar de las denuncias heroicas de algunos sacerdotes, como Bartolomé de Las Casas, sirvió en América de pretexto y legitimación del genocidio de los indios”. Los españoles impusieron en América Latina el catolicismo de la contrarreforma y además un sistema económico extractivo y excluyente, que como sostiene Acemoglu, es una de las causas del atraso de América Latina y por tanto de Nicaragua.
El autor es doctor en economía.
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