¿Cuál es la causa última de nuestra incapacidad para dotarnos de una organización política estable? ¿Cuáles son las fracturas o taras histórico-genéticas que explican nuestro retorno constante, después de breves períodos de tregua, a la confrontación, la anarquía y la dictadura? Platón, en Protágoras , como tantas veces en su obra, recurre al mito para explicar las claves de la estabilidad de una comunidad política. Habla del sentido de la justicia y del sentido del pudor y de la vergüenza, como requisitos esenciales, sin los cuales es imposible organizar un modo de convivencia. Desde esta perspectiva, nuestros errores históricos serían la consecuencia de la falta de ambas virtudes, de nuestra incapacidad de ponernos en lugar del otro, de compadecernos y no hacer a los demás aquello que no deseamos para nosotros mismos.
El origen de las naciones por lo general se encuentra marcado por acontecimientos extraordinarios, milagros portentosos o crímenes horrendos, desarrollados en el amanecer brumoso del mito y la leyenda. En la nuestra, la historia del asesinato del Obispo Antonio Valdivieso y la posterior rebelión de los hermanos Contreras, es uno de tales capítulos. En la lectura de la Vida del segoviano Rodrigo de Contreras, Gobernador de Nicaragua (1534-1544), del Marqués de Lozoya, libro fundamental que las colecciones históricas patrocinadas por entidades bancarias deberían reeditar, constatamos la temprana y perniciosa existencia de aquellos vicios que señalara Platón, determinantes de la incapacidad de un pueblo para gobernarse.
Tras la muerte de Pedrarias, la Gobernación de Nicaragua quedó en manos del licenciado Francisco de Castañeda, Alcalde Mayor y Contador de su Majestad, quien se afanó en enriquecerse durante los cuatro años que estuvo en el cargo, con tanto empeño y sosiego, dice el historiador, “que no quedó en Nicaragua autoridad que le fuera a la mano en sus tropelías”. Sucedió en la Gobernación Rodrigo de Contreras, yerno y coterráneo del viejo caudillo segoviano, y verdadero impulsor del descubrimiento del Desaguadero.
La rebelión de los impetuosos jóvenes Hernando y Pedro, hijos de Rodrigo y doña María de Peñalosa, —ex prometida de Vasco Núñez de Balboa, decapitado por quien iba a ser su suegro—, se produjo en el contexto de la promulgación y aplicación de las Leyes Nuevas de 1542. Las leyes y ordenanzas despojaron a Rodrigo de la Gobernación de Nicaragua, que pasó junto a la de Guatemala a manos de la Audiencia de los Confines, y a doña María de las numerosas encomiendas y repartimientos heredados de su padre. Diseñadas para mejorar la condición de los indígenas, fueron causa de profundo y general descontento entre los españoles radicados en América, al punto de provocar, en el caso del Perú, la Rebelión de los Encomenderos, encabezada por Gonzalo Pizarro.
Varios de estos rebeldes fracasados que habían salvado su cabeza se habían exiliado en Nicaragua, entre ellos Juan Bermejo y Rodrigo Salguero, “gente vengativa y brava —dice Lozoya— despreciadora de la muerte, recios de cuerpo y depravados de alma, abonados, en fin, a toda suerte de maldades”. Ambos se aprovecharon de la genética fogosa y violenta de los nietos de Pedrarias, criados en el frecuente trato con soldados, aventureros y gente de toda laya, y tras asesinar a Valdivieso convencieron a los victimarios Hernando y Pedro encabezar la rebelión contra la Corona, proclamando al primero Príncipe del Cuzco y futuro emperador y rey del Perú.
La locura terminó en Panamá, donde Bermejo, Salguero y sus secuaces fueron derrotados y decapitados, y en cuyas selvas se perdieron los hermanos Contreras, devorados por las fieras o flechados por las tribus salvajes. Fin desdichado de aquella aventura iniciada con un crimen sacrílego, guiada por la ambición de poder y la desmedida soberbia, que marca como lapidaria y olvidada advertencia lo que ha sido hasta hoy, con breves excepciones, nuestra historia patria.
El autor es jurista y catedrático universitario.
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