Un día del mes de Diciembre del año pasado (año 2013), un grupo de jóvenes cristianos de mi barrio de Managua, un barrio bonito a orillas del lago Xolotlán, donde casi no hay zancudos, me convencieron para que fuéramos a la iglesia evangélica, ya que ese día iba a realizarse un culto y yo estaba invitado a esa actividad. Llegué a la iglesia, el culto estaba bien alegre y había bastante gente joven, entre ellos unas muchachas muy simpáticas. El culto se realizaba normalmente, el pastor llamado Calín y que era muy amigo mío, oficiaba el culto. Me sentí más en confianza. Se hacían muchas oraciones y prédicas, pero fue mi persona la que puso en alerta a todos los demás creyentes y esto pasó porque cada vez que el pastor decía algo en alabanza al Señor y como yo no hallaba que decir, oí algo que decían todos y yo como que entendí y quise también decirlo sin preguntar bien y entonces contestaba: “Aleluya, repréndelo Satanás” y esta frase la pasé repitiendo durante todo el culto. Todas las personas me quedaban viendo, como extrañadas, más bien a
sustadas. Yo noté eso, pero en el momento no le puse mente. Hasta las muchachas bonitas, me dieron la espalda. Ya terminado el culto, cuándo todo mundo se había marchado, el pastor me llamó y me dijo: “Mira Francisco, la frase no es repréndelo Satanás, ya que este no puede reprender a nadie, lo correcto es repréndelo Señor, así es de que no volvás a repetir esa frase, nunca que estés en una iglesia evangélica”. Salí de la iglesia cabizbajo, con una enorme vergüenza, pensando en qué habrán dicho la demás gente de las
caballadas que estuve diciendo.
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