IX
Juan Carlos Olivas
En el sanatorio se lo habían dejado muy claro:
Si el cielo existe, es un nido de cuervos.
Do you want another blanket, Mr. Pound?
It’s getting pretty cold in here…
El Señor Pound se ciñe al cuerpo la sábana blanca
a manera de toga,
y con el brazo extendido concluye que:
Nietzsche aprendió la dialéctica de los caballos.
Hitler era un músico frustrado.
Mahoma perdió su anillo de oro en una apuesta con ladrones persas.
Jesucristo consideraba que la niñez era la única alabanza posible.
Cuando un borracho baila destruye la torre de Babel.
Los pacientes todos aplaudían
como seres mitológicos
y después retornaban a sus cavernas interiores.
El termómetro marcaba 3 grados bajo cero
en el cielo de Washington,
Do you want another blanket, Mr. Pound?
Y por él contestaba un cuervo en la nieve.
X
Juan Carlos Olivas
Totalmente desnudo
lo obligan a bañarse
en el agua pestilente de Venecia.
Las góndolas pasan a su alrededor
como gaviotas negras en el pensamiento.
Los amantes que pidieron vacaciones
o hicieron préstamos para la luna de miel
arrugan su cara al verlo,
creen que han encontrado al loco
que ha envenenado el agua con su tinta.
Pound no los vuelve a ver
y los perdona.
Como si fuese un diario
escribe lo siguiente sobre el agua:
Yo, poeta,
sobreviviente de Pompeya y de Bizancio,
desde la podredumbre del agua de Venecia,
aullando con los ojos y las manos,
declaro en este sitio
que la lírica ha muerto.
(de El señor Pound)
El sombrero de Pessoa
Juan Carlos Olivas
Pessoa nunca se quitaba el sombrero.
Si lo hacía
sus heterónimos se escapaban por largas horas
y cuando regresaban
volvían borrachos,
con sudor en las ojeras,
vertían basura en su trago,
lo amenazaban con jeringas,
epístolas de viejos burdeles,
llantos de espadachines inútiles
y demás aconteceres
de las vidas insensatas que eligieron.
A Pessoa le tocaba reunir
de nuevo a aquellos seres,
darse bofetadas,
flagelarse a la vista
de la brisa nocturna,
beber su propio vómito
hasta pasar lista
y llamarlos a cada uno por sus nombres.
Debajo de aquel sombrero
Pessoa inoculaba el jugo de su sangre,
trataba en vano de domar sus heterónimos,
pero ellos no le dieron tregua
hasta vencerlo.
Cuentan que en su lecho de muerte
la última voluntad de Pessoa
fue que incineraran el sombrero.
Dicen que así fue hecho
y que en la propia
noche de su muerte,
sus heterónimos
cabizbajos,
despeinados
e invisibles,
esparcieron sus cenizas
por las húmedas calles de Lisboa.
Tomó prestada la barca
Juan Carlos Olivas
Tomó prestada la barca de
Caronte y se fue a la ciudad de
los músicos. Atrás dejó varias
prendas empeñadas para tener
algo memorable en su regreso.
Quizás no hubo tal regreso.
Pero sí la contienda con la
sombra del mundo, su primera
gran guerra, una mancha feroz
en Sarajevo, un idioma de humo
inexplicable. A pesar de
todo, alguien tocaba un violín
en las callejas, sonreían las
mujeres en las góndolas, crecían
aún más rojos los geranios
y el señor Pound hizo con amor
una pésima traducción de Cavalcanti.
EN BREVE
Juan Carlos Olivas (Turrialba, Costa Rica, 1986). Estudió Enseñanza del Inglés en la Universidad de Costa Rica (UCR). Se desempeña como docente y poeta. Ha publicado los poemarios La sed que nos llama (Editorial Universidad Estatal a Distancia; 2009) Premio Lisímaco Chavarría Palma 2007; Bitácora de los hechos consumados (Editorial Universidad Estatal a Distancia; 2011) por el cual obtuvo el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría de poesía 2011 y el Premio de la Academia Costarricense de la Lengua 2012.
Mientras arden las cumbres (Editorial Universidad Nacional; 2012), libro que le valió al autor el Premio de Poesía UNA-Palabra 2011. Los seres desterrados (URUK Editores; 2014). Su obra ha recibido también el primer lugar del Certamen Centroamericano de Poesía Haikú 2010 y el Premio Lámpara Dorada 2013, en Costa Rica.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 B
