Se ha convertido en costumbre concederle primordial importancia a la fantasía. Las cumbres oficiales tiran al aire globos inflamados o disminuidos por el hábito especulativo, según la emoción o capacidad de análisis del sujeto o el medio en el momento de abordarlo. Son las efusividades con el poder las proclives a darle imagen real a los proyectos proclamados cuando el minutero de la política indica la hora apropiada para que las expectativas alcen vuelo, en el afán de mantener despejado el camino hacia las victorias, vistas en el colorido de los rótulos.
Desfilan los paraísos prometidos con la tendencia de que los más nuevos opaquen a los más viejos en la sucesión de megaproyectos, unos detrás de otros en un cortejo que lleva como apología a la erradicación de la pobreza. Pero la visión de los que habitan las aceras de la oposición es otra. Distante, incrédula, escéptica. Desde ese ámbito la crítica es frontal, fundamentada en los valores sagrados de la soberanía.
Dentro de las esferas echadas al espacio está la más inflada: “El gran Canal Interoceánico” que lleva una titulación majestuosa con capacidad para partir en dos al territorio nacional, de chupar el tesoro de las reservas acuáticas con las consecuencias que podrían acompañar a semejante succión.
Antes habían marchado no con tanta pompa otros dos proyectos, añejos los dos sin que expresen convincentes síntomas de ejecución: la refinería sobre cuyas alboradas se han puesto mentirosas piedras de inauguración que no han pasado de ser alegres pretextos para mojar de vino a la ilusión. Y como es el más viejo, figura tímidamente en la noticia. El siguiente recibe el nombre de “Tumarín”. Muestra a Nicaragua con fuerza para producir energía limpia, hidráulica, eólica al sur de Rivas, y biomasa, considerada como el reemplazo de los combustibles fósiles.
Pero a “estas alturas del juego” ningún plan muestra la claridad de la certeza, de ser en el pronto plazo evidencia que deje de ser motivo para los suspiros en las narices de la esperanza. Y no es que “soñar no cuesta nada”. Es que soñar en estos casos cuesta la pérdida de tiempo que tiene el nicaragüense de ocuparse de la elementalidad cotidiana. Los interrogantes propician una distracción negativa, ociosa. Las ansias se concentran en la posibilidad o no posibilidad de las ideas a cuajar. Y no es que no haya que debatir el proyecto del canal, es que su enunciación está acaparando la agenda nacional y la seguirá absorbiendo durante mucho tiempo más. La perspectiva de andar con el tema “a tiempo completo” no ofrece el menor síntoma de languidecer. Las ansias se concentran en la ausencia de los estudios de factibilidad, del análisis de la valoración científico-técnico, de tantos requisitos más para que los pilares protagónicos se instalen en las cumbres de la realización.
Mientras tanto nos olvidamos de las crisis en el día a día, la inflación en el precio de los alimentos, en el desempleo, en la ruptura del orden ético, en el deterioro de los derechos humanos, en el desmayo de la institucionalidad, en fin. Y este olvido favorece al gobierno porque no lo implica en el cumplimiento de las responsabilidades elementales. Ocurre a nivel de medios, de foros, de la población misma. Con o sin canal, la omisión de la realidad cotidiana, beneficia al gobierno.
El autor es periodista.
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