El mundo entero se agita en conflictos y transformaciones de todo orden, que al día de hoy parecen ser más pesimistas que optimistas. A un siglo de la Primera Guerra Mundial, se hace más patente el fantasma de un nuevo cataclismo que podría cambiar el orden mundial, como aconteció con la Gran Guerra, o más fatalistamente, acabar con la misma humanidad. Con el fin de la Guerra Fría, al desintegrarse la Unión Soviética y con ella el bloque comunista, pareció haber una esperanza de que desapareciera la amenaza de una confrontación nuclear que destruyera al autodenominado Homo Sapiens, ilusión que Francis Fukuyama concretó en su conocida tesis del “fin de la historia”, en la que de manera optimista pensaba que al desaparecer los bloques y las ideologías en conflicto durante la “Guerra Fría”, una era de paz y democracia se implantaría en el mundo, siguiendo el modelo político-económico norteamericano. Hoy no parece haber razón para tal optimismo, al punto que algunos temieron que en el verano de 2014 se encendiera la chispa de una conflagración global como ocurrió en el verano de 1914.
Los actuales conflictos armados en Ucrania, la creación del Estado Islámico en el corazón del Oriente Medio, la guerra civil en Libia, la interminable guerra en Gaza, acontecen en regiones con países dotados de armas de destrucción masiva y enfrentan a naciones e ideologías religiosas dispuestas a recuperar espacios.
Una Rusia que intenta recobrar territorios bajo su influencia desde la época zarista; una Rusia acostumbrada desde la época de las guerras napoleónicas a triunfos militares y a llegar al mismo corazón de Europa: París y Berlín. ¿Podrán la Unión Europea y los Estados Unidos encontrar con Rusia una fórmula que preserve la identidad e intereses propios y de los países que se sienten amenazados?
En la antigua Mesopotamia, una de las cunas primigenias de la civilización humana, resurge el Califato, un estado religioso basado en una visión de la religión musulmana impositiva, belicista y excluyente, un yihadismo extremista que parece estar asustando a los mismos estados árabes, Siria, Irán, Arabia Saudita, Egipto incluidos. El Estado Islámico arrolladoramente gana adeptos, muchos de ellos provenientes de Europa y América. Su líder adopta el nombre del primer Califa del Islam, claro referente a la intención de restaurar un imperio con una cultura basada en una visión fundamentalista del Islam, que en su avance realiza limpieza étnica y religiosa expulsando y matando a cristianos o musulmanes de otras tendencias. La anarquía en Libia puede conducir a un régimen semejante. En esta perspectiva la solución del conflicto árabe-israelí se ve aún más lejana. El África subsahariana se agita en conflictos que enarbolan la misma bandera.
En la cuenca del Pacífico la emergencia de China como potencia económica mundial está dando pase a sus intereses geopolíticos: China está reclamando islas en los mares adyacentes que actualmente están bajo control de Japón, Corea del Sur, Vietnam, Filipinas y otros países vecinos. El control de estos islotes significa el control de una de las zonas marítimas comerciales más traficada del mundo y vital por tanto para China. Japón ya ha reestructurado su política de defensa y la región asiste a un armamentismo creciente. Recordemos que hace un siglo Japón ocupaba militarmente grandes porciones de territorio chino.
No tenemos un mundo unipolar, sino cada vez más un mundo multipolar, en el que los hilos económicos y financieros globales parecen ser los únicos intereses que entrelazan a las potencias y regiones del mundo. ¿Serán suficientes para lograr la solución de los conflictos y la paz, cuando la Carta de las Naciones Unidas, los Derechos Humanos, el Derecho Humanitario Internacional parece ser papel mojado? Difícil, cuando hoy parece ser evidente que el recurso a la fuerza y no al derecho es el que decide en el escenario mundial. Un retorno a la fase premoderna de la historia.
¿Cuál será el nuevo orden mundial que emergerá de esta época? Darío previó un siglo XX de conflictos sangrientos y su final esperanza fue la redención apocalíptica: una crisis tal que acabaría con la civilización y traería por fin la paz. Hoy el desarrollo tecnológico provee al ser humano un potencial destructivo inmensamente superior, el cual no parece haber sido acompañado por un desarrollo ético y moral capaz de orientar esos recursos al bienestar humano. La única esperanza parece continuar siendo el apocalipsis redentor. El autor es exrepresentante de Universidad para la Paz de la ONU..
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