En los partidos políticos que según los datos electorales son los más “grandes” de la oposición, se ha expresado preocupación porque nuevos grupos partidistas están solicitando su inscripción legal y supuestamente el Consejo Supremo Electoral (CSE) los autorizará antes de la próxima campaña para las elecciones de 2016.
El surgimiento de nuevos partidos y su autorización por el CSE se considera una maniobra del gobierno de Daniel Ortega para dividir todavía más a la oposición —la cual ya está bastante fragmentada— y aparentar que en Nicaragua hay un sistema democrático basado en un dinámico pluralismo político, cuando en realidad no es así.
Pero la verdad es que la existencia de más partidos políticos no es algo que debería preocupar a nadie en la oposición. Primero porque no hay ninguna posibilidad de que las elecciones de 2016 serán libres, limpias y competitivas. Daniel Ortega no es demócrata y no va a conceder garantías electorales y la oposición no tiene capacidad para obligarlo a que las conceda, ni siquiera las que tímidamente sugirieron los observadores de la Unión Europea, la OEA y el Centro Carter después de los últimos fraudes. De manera que aunque la oposición enfrentara a Daniel Ortega y el FSLN con un solo partido y todas las fuerzas políticas y sociales unidas a su alrededor, no le podría ganar a Daniel Ortega unas elecciones que desde ahora se sabe que serán fraudulentas.
Además, la experiencia nacional ha demostrado que aunque sean muchos los participantes en las elecciones, si estas son libres y limpias los votos de la gran mayoría de los nicaragüenses solo favorecen a dos y a lo sumo a tres partidos. El caso más aleccionador al respecto ha sido el de las elecciones nacionales de 1996, cuando 26 partidos participaron en la contienda pero el PLC y el FSLN obtuvieron entre los dos el 89 por ciento de los votos. Y en las elecciones de 2006 —las últimas en las que el Consejo Supremo Electoral respetó la voluntad los votantes y contó correctamente los sufragios—, tres de los cinco partidos que presentaron candidatos, (FSLN, ALN y PLC) se llevaron el noventa por ciento de los votos.
Esto demuestra que lo determinante no es cuántos partidos hay y participan en las elecciones, sino que estas sean libres, limpias, pluralistas y competitivas. El derecho de los ciudadanos a escoger entre diversas opciones políticas es condición indispensable de la República. El doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, en la última etapa de su vida política que fue la de la UDEL (una ejemplar alianza pluralista), concluía sus discursos con la frase emblemática: “Nicaragua volverá a ser República”. Es que durante la dictadura somocista el país se llamaba oficialmente República de Nicaragua, pero no era una verdadera república. El régimen político de la familia Somoza se basaba en el bipartidismo impuesto y hegemonizado por el partido liberal somocista. No podía ser un gobierno republicano y por eso el doctor Chamorro Cardenal convocaba a la lucha cívica para lograr que Nicaragua volviera a ser República.
Ahora tampoco hay una verdadera república en Nicaragua. El régimen orteguista permite que haya una oposición formal y la existencia de diversos partidos y movimientos políticos, pero ha cerrado el camino para que cada uno de ellos o todos en alianza puedan alcanzar el poder por medio de elecciones. Lo que hay en Nicaragua aunque algunos no lo admitan, es una dictadura de partido hegemónico, gemela del somocismo.
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