Para finales de 1916, la “Gran Guerra” cumplía dos años y medio de haberse iniciado provocando un derramamiento de sangre y tesoro jamás visto en la historia. Los países europeos que luchaban entre sí —especialmente Rusia, Francia, Gran Bretaña y Austria-Hungría— estaban agotados. Alemania, la potencia militar más importante del continente, había logrado importantes victorias en el Frente Este, en donde prácticamente había colapsado el Imperio Ruso, y el Zar Nicolás II estaba a meses de su abdicación. Pero en el Oeste, las tropas alemanes estaban atascadas en una desgastadora guerra de trinchera con Francia e Inglaterra con pérdidas horrorosas. En tan solo dos batallas en 1916 —la de Verdún y el Somme— los ejércitos aliados y el alemán habían sufrido 1,750,000 bajas entre muertos y heridos. Claramente esta matanza no podía seguir.
Para revertir esta situación y ponerle un fin victorioso a la guerra, el Gobierno alemán adoptó una estrategia que contaba con tres elementos. Primero, transferir millones de sus soldados del frente ruso a Francia y Bélgica para darles un golpe contundente a los aliados atrincherados en el Oeste. Segundo, para disminuir la capacidad y voluntad inglesa de seguir luchando, desatar una guerra irrestricta de submarinos en contra de todo el comercio marítimo incluyendo al de naves de países neutrales como Estados Unidos— en los mares alrededor de las Islas Británicas. Berlín comprendía que esta acción era riesgosa. Podría resultar en la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Pero por otro lado, Estados Unidos era el suministrador más importante de alimentos y armamentos a Inglaterra y era prácticamente su principal sostén. El gobierno y alto mando militar alemán concluyeron que tomar este riesgo se justificaba y apostaron a que, en todo caso, Estados Unidos no podría movilizar y transferir sus tropas a Europa en tiempo para evitar la derrota de los aliados.
El tercer elemento de la estrategia —y una suerte de póliza de seguro para retrasar una presencia norteamericana oportuna en Europa— consistía en crearle una distracción a Estados Unidos en su propio traspatio. Para lograr esto, Arturo Zimmermann, el canciller alemán, le envió un telegrama cifrado a su embajador en México el 16 de enero de 1917. En esta comunicación, Zimmermann le dio instrucciones a su representante que intentara fomentar un enfrentamiento militar mexicano con Estados Unidos. Conforme al “telegrama Zimmermann”, Alemania se comprometería a apoyar a México financieramente y con armamentos en caso México iniciaba hostilidades contra Estados Unidos que, por cierto, en ese momento estaba lastimando la soberanía mexicana al haber invadido al norte de México con tropas persiguiendo a Pancho Villa. Para cerrar el trato, en el telegrama Alemania también se comprometía a ayudarle a México recuperar los estados de Texas, Arizona y Nuevo México que México había perdido en guerras contra Estados Unidos a mediados del siglo anterior.
Los servicios de inteligencia británicos interceptaron el telegrama de Berlín a Ciudad México, lo descifraron y lo compartieron con el Gobierno estadounidense. Inicialmente las autoridades en Washington dudaban de la autenticidad del telegrama. Creían que era una fabricación británica para involucrar a Estados Unidos en la guerra. Pero una vez que el telegrama se filtró a los medios, a como era inevitable, el propio Zimmermann increíblemente admitió que lo había enviado.
El resto es historia. El Gobierno de Venustiano Carranza en México no mordió al anzuelo alemán. Consciente de que los Estados Unidos le había quitado a México más de la mitad de su territorio en guerras a mediados del siglo XIX y que había una enorme asimetría económica y militar entre los dos países, Carranza comprendió que su país no podría librar una guerra exitosa contra Estados Unidos. Ignoró el ofrecimiento alemán y públicamente anunció su neutralidad en cuanto a la pugna europea.
Por otro lado, la revelación del célebre pero ahora poco recordado “telegrama Zimmermann” enfureció a la opinión pública norteamericana. Combinado con el inicio de la irrestricta guerra submarina alemana, el entonces presidente estadounidense Woodrow Wilson pudo convencer al Congreso norteamericano a hacer lo que tenía ratos de querer hacer: declararle la guerra a Alemania. Esto lo hizo el 6 de abril de 1917 con votaciones abrumadoras a favor de la guerra en ambas cámaras del congreso norteamericano.
Los alemanes tuvieron razón al pensar que el influjo de tropas norteamericanas sería lento. Pero con el tiempo dos millones de soldados estadounidenses llegaron al viejo continente e inclinaron el fiel de la balanza en contra de Alemania. Agotados, los países europeos acordaron un armisticio que puso fin a la gran guerra europea y al viejo orden eurocéntrico que hasta entonces había imperado en el mundo.
El armisticio entró en vigencia a las once horas del décimo primer día del undécimo mes de 1918. Y las armas que comenzaron a arrojar fuego a niveles sin precedente en agosto de 1914, semanas después del asesinato del heredero del trono austro-húngaro en Sarajevo, por fin se silenciaron. Al menos por dos décadas cuando sonó la campana del segundo round de una guerra que muchos en Europa creyeron que terminó inconclusa e injustamente con el Tratado de Versalles. Pero eso es tema para otro artículo. El autor es un historiador y fue canciller de Nicaragua. Este es el segundo de una serie de artículos sobre la Primera Guerra Mundial.
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