Cuando el capitán Abraham “Bren” Adán izó la bandera de Israel, improvisada, tras la conquista de Eilat en 1949, simbolizando esto el fin de la guerra por la independencia —como lo muestra una alegre fotografía de la época—, no se imaginaba que el final que él creía, al ver ondear la hermosa bandera, era más bien, la continuidad de una cadena de conflictos interpaíses que nunca acabaron desde la muerte del rey Salomón, cuando se partió en dos el reino de Israel, alrededor del año 926 AC.
Ya Jesucristo había llorado por Jerusalén. Era el llanto del Dios mismo, frente a un territorio sin paz, sin descanso. Con una tristeza indescifrable, como un lamento desde el cielo: “¡Si en este día tú también entendieras lo que puede darte paz!” El mensaje clarísimo es, que un pueblo confundido hace dos mil años, continuaría con su aturdimiento en el futuro. Guerra, sangre, dolor y desesperanza, es lo que vio el Señor en ese momento.
Parecía un día normal el 2 de junio, para Gil-Ad Shael, Naftali Frenkel y Eyal Yifrach, alegres estudiantes israelíes, cuando abordaron el taxi que los llevaría cerca del asentamiento de Alon Shvut en los alrededores de Hebrón en Cisjordania, pero no fue así. La información publicada detalla que los jóvenes subieron al Hyundai con placas israelíes engañados por unos palestinos que les dieron muerte. Luego, como venganza por esto, un joven palestino fue quemado vivo por un grupo de judíos extremistas, que ha sido el detonante de la guerra entre ambos países: Israel y Palestina en una trágica lucha, con muchos disfraces e intereses aparentemente irreconciliables.
Cualquier cantidad de reportajes han estado publicándose sobre esta guerra que ha llamado la atención global de los medios, y como el recién pasado Mundial del Futbol en Brasil, ambos países tienen fans, que como legítimos jueces dan la razón a uno, y victimizan al otro. La síntesis de este conflicto es territorios y religión, con la carga transversal como empaque, de la economía y la infaltable y nebulosa política.
“El hombre tiene que establecer un final para la guerra. Si no, la guerra establecerá un final para la humanidad”, dijo sabiamente John F. Kennedy, presidente de los Estados Unidos, asesinado el 22 de noviembre de 1963, en Dallas, Texas. Luego de más de un millar de muertos en estos enfrentamientos, la mayoría de civiles palestinos, y claramente divulgada una desproporción del poderío militar de Israel frente a Hamás, similar a caballos contra cazas F-151, que se dice posee Israel, el general Tsun Zu aconsejaría que “la mejor victoria es vencer sin combatir”, aunque esto parece muy lejano.
Occidente considera la negociación como el único camino, que puede dar la ansiada luz que necesitan ambas naciones, para resolver este conflicto que va más allá de 1947. Un alto al fuego sin embargo, es imprescindible para hablar, y detener el horror de la muerte y el sufrimiento en la Franja de Gaza. Después de todo, estudios genéticos de una población del territorio, confirma que Israel y Palestina en su mayoría, tienen antecesores comunes, cuyo núcleo se puede seguir hasta la prehistoria, por lo que hay algo en sus cromosomas que no olvida antiguos lazos de sangre, que de alguna manera los hermana, y los invita a convivir con sus diferencias culturales.
Un Kupia Kumi, un solo corazón necesitan Israel y Palestina, como pueblos vecinos, para que el amor y la sensatez primen en sus negociaciones, y logren acuerdos de paz y concordia. El llanto de Jesucristo por Jerusalén debe terminar, el sufrimiento de nuestros hermanos en Gaza debe convertirse en gozo. El autor es escritor
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