Un viejo amigo, lector de LA PRENSA y por supuesto de esta columna, me ha sugerido escribir sobre los césares de la antigua Roma: “Para ver si de alguna manera son comparables con lo que hay ahora en Nicaragua”, me dijo.
Me parece interesante el tema sugerido. Sin embargo, la comparación la dejaré para los mismos lectores.
Precisamente en estos días, Europa e Italia en particular se preparan para celebrar —si no es que ya están celebrando— el segundo milenio de la muerte de Octavio Augusto, el primero de los emperadores y césares romanos. Sobre todo en Aragón, España y particularmente en la ciudad de Zaragoza, la cual fue fundada por ese emperador romano quien le puso su nombre: Caesar Augustus, de donde derivó Zaragoza, la cual está como dice el lugar común “echando la casa por la ventana” con esta celebración.
Según los historiadores, Octavio Augusto nació en Roma el 23 de septiembre del año 63 antes de Cristo, con el nombre de Cayo Octavio Turino. Cuando tenía 19 años fue adoptado por su tío, el célebre político y militar romano Julio César, el conquistador de las Galias como se llamaba en esa época la extensa región europea que iba desde el mar Mediterráneo hasta el Canal de la Mancha.
Al ser adoptado por Julio César, Cayo Octavio Turino cambió su nombre por el de Cayo Julio César Octaviano. Y en el año 27 antes de Cristo, cuando Octavio ya era emperador, el Senado le concedió el derecho de usar el cognomento de Augusto (Majestuoso, Divino, Venerable), que hasta entonces solo se había dado a Júpiter, el dios supremo de los romanos. Y a partir de Octavio, todos los demás emperadores romanos fueron llamados también con los títulos de César y Augusto.
Después de la desaparición del imperio romano, en la antigua Europa los emperadores germánicos se apropiaron del título de César, adaptándolo como Kaiser. Lo mismo hicieron los emperadores rusos, que desde Iván el Terrible comenzaron a llamarse zar, palabra rusa equivalente a césar.
Pero antes de hablar acerca de los césares me parece importante señalar que de alguna manera, aunque con lógicas variantes, esa forma de gobierno de la antigua Roma se prolongó en la historia hasta hoy, con el nombre de cesarismo político, como se designa a un sistema de poder personalista, autoritario, dictatorial en términos generales.
“El cesarismo —escribe el ensayista español Martin Hans Stutz Lucca— es un concepto utilizado por diversos autores desde principios del siglo XIX para describir un sistema de gobierno centrado en la autoridad suprema de un jefe militar, así como en la fe de su capacidad personal, a la que se atribuyen rasgos heroicos. Por ello este tipo de gobierno suele presentar algunos elementos de culto de la personalidad, caracterizado por la preferencia de las soluciones militares para la imposición de su voluntad a los adversarios. Representa por tanto un sistema de gobierno en el que una persona reúne y ejerce todos los poderes públicos efectivos”.
Pero un gobernante cesarista no necesariamente tiene que ser militar ni procurar soluciones militares. En la actualidad también un gobernante civil, de saco y corbata o de cotona, puede ser cesarista. Pero en todo caso su mentalidad es militarista y su estilo de ordeno y mando, de voluntarismo y verticalismo en la toma y ejecución de sus decisiones.
Explica el mismo Stutz Lucca que “el concepto de cesarismo emergió por primera vez en 1853 cuando Pierre Joseph Proudhon, teórico político francés, acuñó el término en “Le manuel du spéculateur à la bourse” para describir la última fase de la evolución del capitalismo, el “cesarismo económico”. Y cita al filósofo alemán Oswald Spengler (1880-1936), quien advirtió que el cesarismo es “un gobierno caracterizado por ser amorfo más allá de la existencia de un estado de derecho formal. Las instituciones tradicionales, pese a su mantención, no tienen peso… En el cesarismo lo único que significa algo es el poder personal que ejercen por sus capacidades el César o, en su lugar, un hombre apto. El mundo, colmado de formas perfectas, reingresa en lo primitivo, en lo cósmico histórico. Los periodos biológicos substituyen a las épocas históricas”.
Ha pasado mucho tiempo desde que Spengler hiciera tal definición del cesarismo europeo. Pero sin duda que se trata del mismo fenómeno que, revestido de populismo y socialismo, se ha impuesto actualmente en varios países América Latina.
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