Fernando Bárcenas
Cuando una personalidad fallece, lo peor que puede pasarle es que sus contemporáneos, en sus remembranzas, a modo de homenaje, resalten virtudes en las que ellos tienen interés, pero que no atinan a reflejar el rol desempeñado por el fallecido en las circunstancias que pusieron a prueba su carácter personal, porque en tal hecho histórico, quienes hoy le alaban ocupaban aceras contrapuestas.
Al frente del Consejo Supremo Electoral, en 1990, el doctor Fiallos cumplió a cabalidad con su deber, sin mayor tropiezo. Ello, no es motivo de mérito alguno (aunque así lo parezca en el torbellino de la actual degeneración del orteguismo). Contar correctamente los votos, es lo que hace normalmente el presidente del Consejo Electoral en cualquier parte del mundo. En 1990, el doctor Fiallos no sufrió presión alguna para alterar los resultados electorales. Si ese hubiese sido el caso, seguramente el doctor Fiallos habría renunciado sin la menor vacilación y, entonces, hubiésemos asistido a un hecho ético personal de carácter histórico. Pero, no fue el caso.
Las circunstancias, por múltiples razones, asociadas a la derrota política y militar del gobierno sandinista (de parte de las fuerzas interventoras norteamericanas), y a los errores de cálculo del Gobierno, que subestimó el profundo reflujo de las masas trabajadoras, desgastadas por el esfuerzo bélico y por la indiferencia e incapacidad de la burocracia gubernamental del más alto nivel, que hizo retroceder cuarenta años la economía (con los peores desastres sociales que ello conlleva), se correspondían con un proceso electoral obligadamente transparente e inesperado, en el cual, el doctor Fiallos pudo cumplir con su deber, de acuerdo a su formación profesional y a su participación política.
La ética no es una disciplina abstracta, que pueda servir de guía para la acción política. No es, por tanto, una cualidad del espíritu o una reflexión de la razón, o una virtud innata o adquirida, por la adopción de supuestos valores universalmente válidos.
La ética, que reposa como norma de convivencia amplia en una sociedad en expansión de derechos ciudadanos, tanto en sentido formal como en las condiciones de existencia y de trabajo de sus habitantes, se restringe, en cambio, cuando se agudizan las desigualdades y se endurecen las contradicciones, en momentos de crisis. Cada adversario establece un cuerpo ético que justifica sus acciones y métodos de lucha e ideológicamente intenta descalificar éticamente el programa adversario. La ética se reduce, entonces, a comprobar que la política propia, por acción u omisión, se corresponda con los principios teóricos, en la coyuntura precisa.
En 1995, los partidos políticos tradicionales dieron inicio a una lucha burocrática, que enfrentó a la Asamblea Nacional con el ejecutivo. En lugar de convocar a una Constituyente se procedió a realizar reformas constitucionales (que por la forma y por el contenido llevaban en ciernes una futura guerra civil) para afianzar palaciegamente cuotas de poder entre las alianzas parlamentarias, mediante la conspiración de la mayoría legislativa, de cúpulas sin respaldo social.
Resultó la Ley Electoral 211, de 1996, que en el artículo 16 y 18 establece que los Consejos electorales —hasta entonces nombrados independientemente por el CSE—, se nombrarían de las listas de ciudadanos que para cada Consejo envíen los representantes legales de los partidos políticos.
El doctor Fiallos comentó: “Las elecciones se ganan o se pierden en las Juntas, si los partidos cuentan los votos y nos mandan solo los resultados, nosotros no vamos a administrar nada más que una bomba de tiempo que va afectar irremediablemente la democracia de este país”.
Y entonces, inmediatamente renunció. En ese momento, no en otro, la visión política previsora del doctor Fiallos le llevó a una política consecuente con los derechos del pueblo, y le permitió alcanzar una estatura ética progresiva, necesariamente antiburocrática, al anteponer los intereses democráticos de la nación a las prebendas mezquinas de su cargo estatal.
El mérito, en este caso, fue mayor, dado que se orientaba políticamente en solitario, no solo fuera, sino, en contra de la política en curso, de la falta de ética de parte de todos los partidos del espectro político nicaragüense.
Las banderas socialistas se inclinan con respeto ante este político consecuente con la lucha progresiva del pueblo nicaragüense.
El autor es ingeniero eléctrico