Directivos del Partido Liberal Independiente (PLI) y del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), han dado a conocer un nuevo compromiso para buscar la unidad del liberalismo y, según dicen, a partir de esta impulsar la de todos los partidos y movimientos políticos y sociales opositores al régimen autoritario de Daniel Ortega.
Decimos que los liberales buscan otra vez su unidad, porque esta no es la primera ocasión en la que se plantean tal objetivo. Y no nos referimos en general a la historia del partido liberal de Nicaragua, que arranca desde mediados del siglo 19, sino al período actual, a partir de que en el año 2007 se restauró la dictadura con nuevas modalidades pero con el mismo contenido maligno de siempre.
En 2008, los dos principales partidos liberales se unieron para participar en los comicios municipales de noviembre de ese mismo año, creyendo que de esa manera ganarían ampliamente la votación, ya que en las elecciones nacionales de 2006 su división fue la causa inmediata de que el Frente Sandinista y Daniel Ortega obtuvieran la victoria con muchos votos menos que los que recibió el liberalismo. En aquella ocasión, los dos candidatos presidenciales liberales, Eduardo Montealegre y José Rizo, sumaron 1,239,183 votos, equivalentes al 55 por ciento del total de sufragios válidos, mientras que el FSLN y su candidato Daniel Ortega recibieron solo 854,316 votos, el 38.07 por ciento del total. O sea que si los liberales se hubieran unido en las elecciones de 2006, las habrían ganado con amplia mayoría, igual que lo lograron en 1996 y en 2001. Y así no se hubiera interrumpido el ciclo de gobiernos democrático (con sus defectos pero también con sus virtudes que son más y mucho más importantes), ni se hubiera restaurado la dictadura.
Sin embargo, la unidad electoral de los dos partidos liberales en las elecciones municipales de 2008, no sirvió para que las ganaran porque el régimen orteguista fraguó un fraude colosal ejecutado por el Consejo Supremo Electoral, que ya se había puesto a la orden de Daniel Ortega. Pero no solo por eso, sino también porque uno de los dos aliados liberales traicionó al otro y de hecho fue cómplice del orteguismo en aquel gran fraude electoral.
Que nosotros sepamos, hasta ahora los liberales no han hecho ninguna reflexión autocrítica de aquella experiencia negativa, más bien la han querido disimular supuestamente para no obstaculizar la nueva búsqueda de su unidad. Además, los actores liberales son los mismos de la alianza electoral del liberalismo en el 2008, de manera que no hay ninguna seguridad de que lo que sucedió aquella vez no se podría repetir en una nueva oportunidad electoral, si es que se lograran las garantías indispensables de elecciones libres, justas y limpias.
En el desolador panorama que presenta la oposición política en la actualidad, cualquier intención y práctica unitaria es importante y necesaria. Y a lo mejor esta vez hay un sincero propósito de enmienda, particularmente de los liberales que en 1999 pactaron con Daniel Ortega para repartirse el botín del Estado y restablecer el bipartidismo, creyendo que lo podrían hegemonizar; y luego, cuando resultó lo contrario se acomodaron al sistema orteguista y le ayudaron a perpetrar los fraudes electorales. A lo mejor, pero es muy difícil de creer.
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