Fernando Silva
(A Marta Leonor González)
Enfrente de lo que es la pequeña calle entre la baranda de la casa de la Comandancia en el Castillo del Río San Juan, de esa baranda hacia el río, más o menos que dan unas veinte varas, pero realmente la orilla es al mismo nivel, casi del río, de tal manera que los postes están un poco subidos, haciendo una especie de pequeño muelle.
A ese pequeño muelle, que viéndolo de frente por la izquierda, están los postes donde se amarran las lanchas planas y ahí suben los pasajeros al muelle y después bajan por las graditas.
Esos postes que forman la parte izquierda da todavía a una especie de bahía de Choregales y hay ahí un gran árbol de guayabo.En esos Choregales se puede pescar y no es raro conseguirse una buena mojarra de las que se llaman las mojarras rayadas y las mojarras chatas grandes.
En esos mismos Choregales, en la noche más bien en las noches de lluvia oscura, se mete el bote en el mismo lugar oscuro guindándose de un mecate que lleva una piedra en la punta con un pedazo de carne o un pedazo de camarón o un pedazo de pescado, se espera un rato; después suavemente uno mete la mano siguiendo el mecate hasta tocar las muelas de los camarones o langostinos, entonces despacio uno da la vuelta hasta agarrarle las muelas al animal y así poder levantarlo y echarlo rápido al bote.
Más que todo sorprende la tranquilidad y la anchura de un río que no es que sea manso solamente y que además sea un río que corre callado, sino que al mismo río le cae la luz azul del cielo y eso le da un brillo que uno pensara que pertenece al agua pero es el agua la que retrata toda la luz del sol que va corriendo sobre el río y así se dice que el río es un río azul pero es el azul que uno lleva en los ojos y que cambia con el movimiento de las nubes que pasan.
Hay una cosa curiosa que se le llama el Agua Arriba que es lo que queda del río después del raudal como que el río dejara de correr dejando un remanso lleno de peces y pececillos y otros animalitos que brincan encima del agua y además hay basura y las hojas caídas dan vuelta en una especie de remolino grande que va aumentando y después coge corriente ya que se lo lleva el río más para allá; y esa Agua Arriba va a pegar hasta un pequeño río que se llama la Juana y es un río abundante en choregas; y otra vez se vuelven a ver las choregas azules, verdes y amarillas que parece que ahí las han sembrado.
Las lanchas planas que al principio habían montado los pasajeros en el muelle de entrada, después de pasar las dificultades del raudal, se vino orillando por las Agua Arriba y ahí se detuvo un buen rato mientras los pasajeros que traía, volvieron a subirse en la lancha y buscaron a donde habían antes colgado sus hamacas.
A penas se habían retirado un poquito cuando se vino siguiéndolos un hombre largote narizudo con un sombrerito verde, alocado que venía canaleteando con desesperación para alcanzar la lancha. La lancha se viró un poquito para darle tiempo y el viejo pudo acercarse a la mura y de ahí poder subirse a la lancha. Luego con el mecate lo amarró a uno de los pilares; después se encargó de guindar una hamaca roja que traía y muy tranquilamente se acostó levantando los zapatos que eran unas botas todas sucias.
Para la gente, los demás pasajeros que ahí venían les pareció un poco raro y uno de ellos se le acerco:
—¿Ey amigó, para dónde va usted?
El hombre no le contestó nada.
Entonces otro pasajero intrigado resolvió también acercársele al mismo hombre:
—¿Usted va para la Barra?, no es cierto —le preguntó.
El hombre apenas lo quedó viendo.
Entonces una vieja se vino con una taza de café en la mano y acercándose al hombre le dijo:
—¿No quiere usted beberse este cafecito?.
El hombre tampoco le hizo caso; entonces el mismo hombre como aburrido enrolló su hamaca y se fue para la proa del remolcador. Al pasar saludó con la mano al Capitán y se fue a sentar en un cajón adelante.
Por curiosidad uno de los pasajeros se le acercó al Capitán y le dijo:—Ese hombre parece un tipo raro. No ha querido hablar con nadie.El Capitán lo quedó viendo y le dijo:
—Ese es don Chente Juárez, es muy conocido por aquí porque tiene una finquita en Borray, ahí tiene su familia que lo cuida…
El otro hombre moviendo la cabeza le volvió a decir:
—Pero Capi, ¿no le parece que ese viejo es raro?
El Capitán le respondió:
—Ya le dije que su nombre es Chente Juárez y para que sepa mejor él es Sordo-mudo.
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