Humberto Belli Pereira
Los obispos no hablaron gallo-gallina. Hablaron claro, contundentes, directos. Cualquiera lo puede corroborar leyendo el documento que publicaron tras su encuentro con Ortega. En él no hay ambigüedades, ni circunloquios. Llaman al pan pan, y al vino vino. Como el profeta Natán, cuando enfrentó al rey David para hacerle ver los pecados que había cometido al seducir a la mujer de Urías y mandar a este a la muerte, los obispos le dijeron a Ortega los suyos.
Uno de los señalamientos más fuertes fue el dirigido al Consejo Supremo Electoral. Veamos el texto: “Que no ha sabido ejercer sus funciones con responsabilidad y honestidad y a cuyas acciones deshonestas calificábamos en 2011 no solo como éticamente negativas, sino como pecado, es decir, como actos reprobables a los ojos de Dios”.
Más claro no canta un gallo. Sin embargo, y al igual que Natán, el tono del abordaje de los obispos no fue el del enemigo que busca acorralar o humillar, sino del amigo que invita al cambio y la rectificación. En una actitud propositiva, los obispos plantearon una serie de sugerencias o remedios para cada mal que señalaron.
Falta ahora otro paso decisivo. El éxito del famoso encuentro entre Natán y David se debió no solo a la valentía y sabiduría con que el primero planteó el asunto, sino a la grandeza del segundo, quien tuvo el acierto de reconocer su pecado. Los obispos cumplieron con su parte. Ahora el turno le corresponde a Ortega. Él tiene ahora la oportunidad de reflexionar sobre lo que escuchó y analizarlo serenamente con su esposa y asesores.
Rosario Murillo dio una señal positiva cuando dijo que el encuentro “nos permitió conocer a fondo sus preocupaciones, conocer a fondo sus posiciones sobre determinados temas de la vida nacional”. Ojalá que junto con este conocimiento la pareja presidencial otorgue a estas posiciones el peso que se merecen. Porque vienen del grupo colegiado con mayor autoridad moral en el país. Sus opiniones no son las de políticos buscando el poder o prebendas, ni de empresarios buscando proteger sus intereses. Tampoco la de exaltados inmaduros, cautivos de ideologías idiotas. Se trata de opiniones cuidadosamente meditadas por un grupo de personas que gozan de un gran prestigio y credibilidad, precisamente porque son percibidos como hombres que —a pesar de sus infaltables limitaciones y defectos— solo buscan servir desinteresadamente a sus semejantes en cumplimiento de una agenda moral y espiritual.
Los obispos tienen también otra característica: viven en contacto íntimo con el pueblo. Les rodean sacerdotes que confiesan y que al igual que ellos escuchan a viudas y enfermos, asisten a jóvenes con problemas, y están en contactos con las quejas y anhelos de todos los estratos sociales. Las preocupaciones que ellos plantean en su documento no son el producto de clérigos deliberando a puerta cerrada, sino el eco, como ellos mismos dicen, “de las inquietudes y esperanzas de la nación”.
El pueblo tiene derecho a esperar que la pareja presidencial responda positivamente a propuestas tan bien pensadas, representativas e inobjetables. Obviamente algunas respuestas tendrán que esperar, porque fueron 35 las propuestas planteadas. Pero es importante que se den señales de apertura y voluntad de cambio. Sobre todo donde más cuesta.
Cualquiera hace concesiones que no exigen renuncias. Sin menospreciar los otros temas, la prueba de fuego serán cambios en el tema institucional que anuncien el tránsito de una voluntad autocrática a una democrática. Allí mostrará Ortega si merece pasar a la historia ennoblecido, como David, o como un tiranuelo de triste recuerdo. La pelota está en su cancha.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.