Humberto Belli Pereira
¡Enhorabuena! Tras años de no responder a la petición de diálogo del episcopado, Ortega decidió finalmente aceptarlo. Los diálogos son la forma civilizada de abrir puertas al entendimiento y buscar soluciones a problemas comunes. Lo curioso es que haya tardado tanto en dar el sí. ¿Qué explica su conducta? La razón de su reticencia inicial es obvia: sabía que le iban a pedir cosas que prefiere no dar y carece de buenas razones para negarlas. La razón de su cambio se deba, posiblemente, a que la nueva investidura cardenalicia del arzobispo Brenes, combinada con las eficaces gestiones del nuevo nuncio, iban a elevar el costo de su morosidad.
Lo bueno es que ahora Ortega se montó en el macho y tendrá que jinetearlo. No le será fácil. Como estratega con experiencias sabe que a un cuerpo colegiado, del peso y prestigio de la Conferencia Episcopal, no se le puede aplicar la frase que usó Stalin cuando despectivamente preguntó: “¿Y cuántas divisiones tiene el papa?” Los obispos, como la Iglesia, no tienen ejércitos pero sí poder moral. Ortega aprendió esto en la década de los ochenta. De forma que en el diálogo tendrá que tomarlos en serio.
El mandatario puede salir airoso si dialoga de buena fe; abierto a escuchar y a cambiar de rumbo. Podría así crecerse como estadista y aumentar su estatura moral. Pero puede salir maltrecho si participa a regañadientes, sin voluntad alguna de cambio. Quizás trate entonces de capear el bulto, publicitando al máximo las sonrisas y los apretones de manos, dando la impresión de apertura y cambio a través del consabido protocolo de declaraciones bonitas y comisiones conjuntas, pero asegurándose por debajo que no cambie lo que él no quiere que cambie.
Pero jugar con los obispos es riesgoso. La mayoría tiene muchas horas de vuelo y todos, con distintos matices y grados de sabiduría, conocen de tretas y estratagemas. Saben, además, que el maestro los llamó a ser mansos como palomas y astutos como serpientes. Y algunos pueden desempeñar su papel de pastores con valentía profética; como Natán ante el rey David.
Pero tampoco será fácil la lid para los obispos. Señalar errores o deficiencias es más fácil que proponer las formas de corregirlas. Esto último implica idear o apostar por medidas muy concretas; de lo contrario se corre el riesgo de quedarse en recomendaciones abstractas, generales o vagas, que pueden ser interpretadas de muchas maneras. Por ejemplo; se puede recomendar una constituyente, pero no cualquier constituyente. Para producir la deseada habría que ser más específico y concretar algunos de sus contenidos o características. Pero entonces se corre el riesgo de transitar del exhorto pastoral a la elaboración de propuestas técnicas, que ya no son propias del rol de los clérigos u obispos, sino más bien de los laicos.
Otro ejemplo es el del enfermo poder judicial. ¿Cómo sanearlo? Unos enfatizan la necesidad de elegir ya a magistrados probos. Otros, en cambio, enfatizan la necesidad de un cambio profundo del sistema, sugiriendo mecanismos que aseguren una amplia participación ciudadana en su selección, y añadiendo que los magistrados sean vitalicios, a fin de no depender del voto periódico de bancadas sujetas a caudillos. Es difícil sugerir soluciones eficaces sin incursionar en lo concreto.
Con todo y sus complejidades, el diálogo será una oportunidad estupenda para plantearle al poder la necesidad de cambios en áreas sensibles como la institucionalidad y el saneamiento de la función judicial y electoral. Ojalá dé buenos frutos. Difícilmente podrá ignorar Ortega el clamor que le presenten, o limitarse a cambios cosméticos. Tendría que enfrentar entonces a formidables testigos de cargo. El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.