Julio César Amador
A finales del año pasado leí un artículo del señor Humberto Belli, justificando el sometimiento de nuestros ancestros indígenas (a partir de 1492 por nuestros antepasados españoles) enumerando las miles de víctimas humanas sacrificadas en honor a sus dioses. Me siento en el deber de exponer el lado indígena. Dichas Buenas Nuevas fueron traídas a sangre y fuego, bien lejos de las enseñanzas del pescador de Galilea.
El descubrimiento de América era algo inevitable, la Providencia escogió a los españoles a través de Colon.
Para el año de 1512 los reyes de España emitieron las Leyes de Burgos, tras la gestión del Frayle de Montesinos, que fueron un precedente de alivio a los indígenas de las islas del Caribe.
Los indígenas con su sabiduría se explicaban lo desconocido. Leamos a Sahagun (vino a América en 1529, libro Historia General de las Cosas de la Nueva España): “Y estos dichos toltecas eran buenos hombres y allegados a la virtud, porque no decían mentiras”, y continúa: “Adoraban a un solo señor que tenían por dios, al cual le llamaban Quetzalcoatl, cuyo sacerdote tenía el mismo nombre, y les solía decir muchas veces, que había un solo señor y dios que se decía Quetzalcoatl y que no quería más que culebras y mariposas que le ofreciesen y diesen en sacrificios”.
Y hablando de los nahuas, dice Sahagun: “Tenían un dios a quien adoraban, invocaban y rogaban, pidiendo lo que les convenía, y le llamaban Yoalli Ehecatl
, que quiere decir: noche y aire, o opu: invisible” (llamado también Titlacauan o Tezcatlipoca). Continua Sahagun: “El dios que se llamaba Titlacauan decían que era criador del cielo y de la tierra y era todopoderoso, el cual daba a los vivos todo cuanto era menester de comer y beber y riquezas, y el dicho Titlacauan era invisible y como oscuridad y aire, y cuando aparecía algún hombre era como oscuridad y aire, y sabía los secretos de los hombres que tenían en sus corazones”.
Luego vinieron las Leyes Nuevas, de 1542, con la oposición de Sepulveda, quien justificaba la esclavitud de los indígenas a causa de su “barbarismo”. Respecto a esto leamos a Girolano Benzoni en su libro: Historia del Nuevo Mundo, (1545, +-), en una entrevista con el cacique don Gonzalo (el hijo de Agateyte, el Viejo, de ahí el nombre del pueblo), le preguntó don Gonzalo: ¿Qué cosa es cristiana en los cristianos?, piden maíz, la miel, el algodón, la manta, la india para hacer un hijo: piden oro y plata. Los cristianos no quieren trabajar, son mentirosos, jugadores, perversos, blasfemos. Y continúa don Gonzalo: “Sin embargo, en breve, a causa de tantos malos tratos que sufríamos cada día, algunos pueblos se sublevaron; pero fueron castigados por los españoles, de manera tal que hasta a los niños los hacían morir a espada. No contentos con eso apresaban a otros bajo pretexto de que querían rebelarse contra ellos, los atormentaban y los vendían como esclavos. Nosotros ya no éramos dueños de nuestras esposas ni de nuestros hijos, ni de ninguna de las cosas que antes poseíamos; a tal punto llegaron las cosas que muchos de nosotros mataban a sus hijos, otros iban a colgarse, otros se dejaban morir de hambre. Finalmente, después de tantos innumerables e intolerables trabajos, fatigas y miserias, llegó la provisión del Rey de Castilla, por la cual nos restituían la libertad. Esta provisión son las Leyes Nuevas de 1542, gestionadas por Fray Bartolomé de las Casas.
Especulemos un poco en nuestra historia, supongamos que Walker y sus esclavistas sureños hubieran triunfado en Nicaragua, no sería extraño que al paso del tiempo alguien dijera: “Gracias a Walker que nos pacificó y libró de tantas revoluciones y guerras civiles, evitando tantos miles de muertos. Y, sobre todo, que nos dio el protestantismo”. El autor es ingeniero.