El amor y la amistad

Justo Pastor Ramos

En el mes de febrero de cada año los creyentes en el amor celebramos el “Día del Amor y la Amistad”, recordando la hermosa historia de sentido muy humano que un noble y santo varón hiciera en tiempo pasado y que hoy es un ejemplo de un hermoso contenido de amor que muy poco imitamos o recordamos. Más, nos abocamos a celebrarlo sumergidos en un ambiente economista, congratulando a nuestros seres queridos y familiares, más aún, a aquella persona del sexo opuesto que nos atrae y nos simpatiza.

Sin duda alguna el amor conforma un sentimiento muy singular que conlleva a enaltecer estos valores esenciales en nuestra sociedad. Amor es un concepto que implica amistad, una palabra sublime enlazada a nuestra vida como las olas de un mar profundo, pura e intensa como el infinito azul, donde se desnuda la estrella con la limpia ternura de la rosa; es cúmulo de sentimientos que llevan a enamorarse; “un conglomerado, como lo define Federico Nietzsche, filósofo alemán, de sentimientos humanos dimensionados en la historia social como un elemento necesario para la vida”.

Nuestro Rubén Darío escribió: “La Sagrada Escritura habla de un pecado misterioso por el cual no hay redención. No comprendía yo — continúa— qué pecado era ese que no podía ser perdonado; ahora ya lo sé. El crimen que no puede borrar el arrepentimiento es el pecado que la gracia no alcanza… Lo comete quien mata una vida para el amor”.

¡Oh… el amor! Amar es una decisión que sale del alma sin idealismo. El amor es benévolo y se impulsa con la fe en el corazón. Entre sus diferentes acepciones encontramos la que nos recuerda Platón, 300 años a. de C.: “El amor es perfecto y divino cuando llena el vacío entre lo visible y lo invisible”. Y la Biblia nos dice: “Dios es amor, quien no ama no conoce a Dios”, de Él proviene el amor divino manifestado a sus criaturas en el envío de su hijo unigénito para que nos redimiera del pecado: Jesús, el verbo de luz ha silenciado en su sangre, victoria sobre la muerte, ante la cual vuelve a latir el corazón inerte. Un paradigma de amor de la naturaleza misma de Dios, en el que podemos saber que el amor solo es conocido en base de lo que provoca.

De aquí el amor implica un crecimiento espiritual, amar con la conciencia limpia; el amor es un libro abierto donde se lee la dulzura y la tristeza, los sueños y los desengaños, la esperanza y la frustración, la aceptación y el rechazo, resultados propios de lo que somos o de lo que llevamos en el alma.

De manera que el amor así concebido viene a ser en esencia el vínculo perfecto para construir la felicidad, como también indispensable, para la unión de la familia. El amor está impulsado —nos decía nuestro bien amado Juan Pablo II— por un dinamismo interior como incesante que conduce a una comunión cada vez más profunda e intensa, para ser fundamento y alma de la comunión conyugal y familiar”.

Aparte de lo anterior, también del amor se deriva la amistad; amistad al prójimo, amistad al amigo, que en los momentos difíciles tiende su mano y nos dice, como el Mío Cid: “Yo te tiendo la ayuda de mi mano desnuda” constituyendo una acción solidaria, sin egoísmo y sin rencor, pues el rencor no es bueno para el amor; la amistad es el mandamiento que Jesucristo nos dejara como su más preciado legado: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado a ustedes. (Juan 13:34)”.

El amor es infinitamente bello, sublime y divino porque proviene de Dios, el amor puro es decisión y no obsesión, es aceptarse el uno hacia el otro sin miramiento alguno.

Finalmente, el amor es el germen prendido en el silencio impenetrable del alma con el aroma fresco de la lluvia inminente; es la esencia que emana del corazón para embellecer el pensamiento y transportarlo al jardín del Edén, donde se anidó y se anidará por siempre en el íntimo deseo que esperó el milagro del primer beso de amor. El autor es historiador.

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