Carlos Tünnermann Bernheim

Las reelecciones presidenciales en nuestra historia

Según el país y su nivel de desarrollo democrático, la reelección presidencial consecutiva puede no ser traumática. Tal es el caso de los Estados Unidos y de algunos países europeos. En cambio, en América Latina, históricamente las reelecciones presidenciales, salvo contadas excepciones, han sido fuente de grandes conflictos y propiciado el surgimiento del caudillismo, fenómeno que en pleno siglo XXI resulta un anacronismo revelador del predominio de una cultura política primitiva.

En el caso concreto de Nicaragua, nuestra historia nos enseña que las reelecciones presidenciales han sido una rémora para nuestro desarrollo y han perjudicado la consolidación de la democracia. Además, siempre terminan mal.

Se afirma que la historia es la gran maestra de la vida. Sin embargo, Aldous Huxley nos dice que “la lección más importante que la historia nos enseña es que los hombres no aprenden de la historia”. Y si no aprenden de la historia, “están condenados a repetirla”, nos advierte Santayana.

La permanencia en el poder de una misma persona conduce al autoritarismo y “por el camino del autoritarismo se llega a la plaza de la dictadura”. Esto ya lo estamos viviendo en nuestra desventurada patria.

Sus reflexiones sobre la historia de Nicaragua llevaron a José Coronel Urtecho a la conclusión de que el hilo conductor de la retahíla de nuestro acontecer ha sido “una sucesión de guerras civiles”, generalmente provocadas por los afanes continuistas de los detentadores del poder. Tal ambición ha sido satisfecha, en algunos casos, acudiendo al expediente de convocar una Asamblea Constituyente que les prorrogue su permanencia en la Presidencia, o bien vía reelección presidencial, previa remoción de los obstáculos constitucionales. Los pactos prebendarios y las sentencias espurias han facilitado la remoción.

Nuestro primer presidente de la República, el general Fruto Chamorro, fue electo por una Constituyente (1854), lo que, unido a otras causas, provocó la guerra entre legitimistas y democráticos, enfrentamiento que condujo a la venida del filibustero William Walker y a la Guerra Nacional, necesaria para expulsarlo.

La prohibición de la reelección presidencial, establecida en la Constitución de 1858, permitió la alternancia en el poder y la paz de que se disfrutó durante los treinta años conservadores, hasta que Roberto Sacasa, el último presidente de este periodo, se hizo reelegir contrariando la prohibición constitucional. Su consecuencia fue la Revolución liberal de 1893, encabezada por el general José Santos Zelaya.

A su vez Zelaya, desacató la prohibición establecida en la “Libérrima” de 1893, que incluso establecía que “en ningún caso podrá decretarse la reforma de los artículos constitucionales que prohíben la reelección presidencial”. Nada de esto impidió que Zelaya se hiciera reelegir y permanecer en el poder hasta 1909, año en que se vio obligado a renunciar por la “Nota Knox” y marcharse al exilio. Zelaya también, en 1905, hizo aprobar una nueva Constitución, llamada la “Autocrática”, que fue una Constitución hecha a su medida, como la que ahora nos quiere imponer Ortega.

Durante la “Restauración conservadora” rigió la Constitución de 1911, que prohibía la reelección. El desconocimiento de sus preceptos por el General Emiliano Chamorro encendió la “Guerra Constitucionalista”, dio lugar a la intervención de los marinos norteamericanos y al “Pacto del Espino Negro”, que provocó la rebelión nacionalista de Sandino.

Lo que sucedió durante la dictadura dinástica de los Somoza es de todos conocido, así como el fin trágico de Somoza García y de Anastasio Somoza Debayle, ambos poseídos de la “lujuria del poder”, que les indujo a reelegirse.

Las ambiciones continuistas llevan en sí mismas el germen de su propia destrucción. Ojalá estemos a tiempo de aprender de la historia e impedir que resurja la violencia como única alternativa. Todos los nicaragüenses tenemos la obligación de evitarlo, recurriendo únicamente a la movilización cívica y pacífica. El autor es jurista, educador y escritor.

Opinión presidentes reelección archivo

COMENTARIOS

  1. rigo
    Hace 13 años

    Lastima de nosotros los nicaraguenses nunca aprendemos,parece que lo traemos en la sangre,todo el que llega al poder se cree duenio del pais y no quieren dejar el poder,ortega y su afan es perpetuarse por lo menos unos treinta anios mas en el poder despues dejarse lo alos chiguines,si no queremos ver la realidad es porque o somos ignorantes o nos hacemos los tontos o los locos.

  2. HectorQuiroz
    Hace 13 años

    El Libertador Simon Bolivar dejó establecida esta premisa: “La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerlo y él se acostumbra a mandarlo, de donde se origina la usurpación y la tirania. Es bueno analizar esto.

  3. Gilberto J. Sanabria
    Hace 13 años

    Extraordinaria lección que nos ofrece el maestro y gran erudito Carlos Tünnermann B.- Valdría la pena que los aprendices de dictadores del continente americano lean con detenimiento este breve ensayo, el cual es un resumen de los hechos históricos ocurridos en nuestra adolorida patria en más de 150 años, pero que son de aplicación general. El sentido común y la sabiduría son lecciones que solamente puede aprenderse en el transcurso de la vida y de la historia.

  4. libertador
    Hace 13 años

    Muchas frases, lecciones e historia nos reflejan que los dictadores en sus ansias de poder realizan un sinnúmeros de atropellos y fraudes para mantenerlo; sin embargo no logran asimilarlo porque un grupúsculo de aduladores, borregos, cómplices y sicarios, lo ensalzan como si fuese un Dios todo para mantener un status sin importarle la miseria con que vive el pueblo y que ello implique la perdida de su moral, sus ideales y la sangre de muchos nobles nicas que fueron amigos, hermanos o padres

  5. Yame
    Hace 13 años

    El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla
    Nosotros cómo pueblo no conocemos nuestra propia historia.
    (Estamos condenados a repetirla)

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