¿Cómo? —se preguntará el estimado lector— ¿Estuvo el presidente Kennedy en Managua? Por supuesto que no—. Es verdad que del 18 al 20 de marzo de 1963 participó en la cumbre de presidentes de América Latina en San José, Costa Rica, pero a su regreso solamente atravesó el espacio aéreo de Nicaragua. Luego, ocho meses y dos días más tarde, el 22 de noviembre de 1963 en la ciudad de Dallas, el juvenil y radiante presidente de los Estados Unidos fue víctima de su asesino Lee Oswald.
Echemos una mirada retrospectiva a los días del 22 al 27 de noviembre de 1963, acompañando a Alejandra Salinas, una alumna del I año del Instituto Monseñor Lezcano y habitante del barrio del mismo nombre, el que era el más populoso de la ciudad en 1963.
Ese 22 de noviembre, doña Roberta, mamá de Alejandra, trabajaba de camarera en la cantina “Las Delicias del Volga”, como hace diariamente. El viernes es un buen día; espera mucha propina. El padre de Alejandra es chofer de un bus para el transporte Astoria. Alejandra y su hermano menor Gilberto están sentados en la cocina. Mientras Alejandra está estudiando las “Novedades” del periódico y las programaciones de los cines Luciérnaga, Alameda, Rosario, Palace y Salazar, Guillermo está limpiando ensimismado su pequeña cámara fotográfica Kodak que sus padres le compraron para su cumpleaños en la tienda Roberto Terán, en la Avenida Roosevelt.
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De repente, Radio Tropical interrumpe su programación con un anuncio: el presidente René Schick en persona está hablando. Divulga que hace pocas horas el presidente de los Estados Unidos fue víctima de un atentado y que el mundo y el pueblo nicaragüense está conmovido por el destino de la familia Kennedy. Alejandra se encuentra trastornada. Le gustaba el joven presidente. Era bien parecido y tenía una linda sonrisa y una esposa todavía más bonita. Alejandra está pensando en Jacqueline, cuando el presidente Schick termina su intervención y del radio de la cocina emana una lenta música clásica.
Durante todo el fin de semana los periódicos y el radio se precipitan con los reportajes acerca del atentado en Texas. En la ventana del salón de belleza en la Avenida del Ejército hay un televisor.
El lunes 25 de noviembre, en el colegio el director del Instituto Monseñor Lezcano, el profesor Alejandro Morales Suárez, llama a su oficina en la planta baja a Alejandra y sus compañeros de clase, Nicolás Miranda, Flor Caldera, José Osorio y Mercedes Reyna. Él es estricto pero los escucha a todos y deja sentir a sus alumnos que siempre está disponible para ellos. Quiere que el miércoles 27 de noviembre en el acto conmemorativo para Kennedy; Alejandra, Nicolás y Mercedes dirijan palabras solemnes a los estudiantes. Ellos son los mejores alumnos del I año y dar un discurso es un honor para ellos.
El miércoles por la mañana, cuando Alejandra sale de su casa, su papá la lleva al colegio en el flamante taxi Hillmann que pertenece a un amigo, quien le ofreció llevar a Alejandra al colegio para que su uniforme escolar de colores azul y blanco no sufriera con el polvo de la calle. El hecho de que Alejandra pueda dar un discurso por motivo de la muerte de Kennedy llena de orgullo a sus padres y a sus vecinos. Después de la segunda hora de clases, todos los alumnos del instituto salen de sus aulas y se presentan en el patio interno. Aparte del director Morales, están dos monjes benedictinos, el norteamericano Basil Anderson, superior de los benedictinos en Managua, y el padre Ramón. Después de que tocaron el himno nacional de los Estados Unidos, Nicolás, Alejandra, Flor, José y Mercedes se adelantan y leen las palabras solemnes acerca de la muerte de Kennedy. Reina un silencio sepulcral. Luego suena la marcha fúnebre: “Una flor sobre su tumba”.
La alumna Martina de Aburto, de segundo año, da un discurso sobre “El papel de Kennedy en el mundo”. Después siguen tres discursos más de alumnos de la secundaria alta y luego la marcha fúnebre “Sangre de Cristo No 3” de Felipe de Andino. Finalmente suena el Himno Nacional de Nicaragua y el padre Anderson agradece en un español de marcado acento a todos los alumnos y al director Morales por este acto conmovedor. Es salida de clases. Solamente ahora Alejandra se da cuenta de que el discurso que había dado, y con el que su profesora Sonia María Reyes le había ayudado, no lo había entendido bien. Hasta ahora. Cuando sale a la calle y uno de esos carritos de Eskimo pasa tocando la campanilla, entiende que hay un lazo invisible entre el presidente muerto, su linda esposa y ella, la alumna de Managua, del barrio Monseñor Lezcano. Con un sonrisa feliz en sus labios, regresa a casa sin volver a ver al vendedor de Eskimo, quien esperaba poderle vender, como de costumbre, un helado de vainilla. El autor es director del colegio Alemán.
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