Sergio N. Boffelli
Se escucha y se lee sobre campesinos alzados en armas para enfrentar las arbitrariedades de Daniel Ortega, quien ha lanzado al Ejército tras su persecución y aniquilamiento.
El Gobierno que impone su capricho demoliendo los espacios democráticos y la oposición oficial incapaz es el responsable que la frustración ciudadana se encauce en opciones extremas.
La inestabilidad tiende a profundizarse. Ortega jamás ha tenido dudas en generar violencia o reprimir a sus opositores. Es su terreno natural, en el que se siente cómodo y le ha permitido maniobrar con éxito.
¿La inconformidad armada alcanzará de manera natural mayor proporción? No lo creo. ¿Servirán los actuales acontecimientos para despertar a la oposición oficial? Tampoco. ¿A quién le convienen los alzados? A Ortega.
Parafraseando al filósofo francés Voltaire (1694-1778), quien dijo “Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo”, para el orteguismo, si la Contra de los ochenta no hubiera existido, la habría inventado.
El sacrificio de la Contra, armados y maniatados por Estados Unidos, fue enorme. Sin embargo, el fracaso orteguista y logro de elecciones libres y supervisadas de 1989, se debió mayormente al derrumbe de la Unión Soviética y al cese de su ayuda financiera y militar, anunciada por el entonces canciller Eduard Shevardnadze, quien negoció la salida soviética de Afganistán y firmó acuerdos de desarme con Estados Unidos.
A Ortega le convino la Contra. Bajo estado de guerra justificó su incapacidad y la postración en que entregó el país en 1990. No tuvo escrúpulos para enviar obligados a cientos de miles de jóvenes a una guerra fratricida, fabricando mártires y logrando que creyeran combatir al “imperialismo yanqui”.
La guerra le permitió radicalizar su proyecto hasta que se agotó su oxígeno internacional. Esto no minimiza el rol de la Contra, sino que ayuda a revisar los nuevos acontecimientos.
Los países bajo el dominio venezolano cantan la misma canción. Nicolás Maduro inventa su propia guerra: aumentó el presupuesto militar a US$5,904 millones y ha anunciado que la milicia chavista será de 500,000 en 2015 y de 1 millón en 2019. Así atemoriza a la oposición, complace a los generales y crea una fuerza leal a él.
De la única manera que a Ortega no le favorece una escalada violenta es por el nerviosismo que representaría para los inversionistas del pretendido Canal, si acaso estos fueran privados. Pero también le serviría como salida apropiada si el megaproyecto finalmente no avanza.
La Ley 840, que entrega la soberanía nacional a Wang Jing, no establece neutralidad del Canal en conflictos internacionales. No hay que descartar que su vigilancia quedará bajo fuerzas armadas de China continental. La congresista estadounidense, Ileana Ros-Lethinen, ha advertido que su gobierno está atento a Nicaragua y el Canal, del que ha expresado serias reservas por la posible amenaza a la seguridad de su país.
Hoy no están Ronald Reagan ni Mijail Gorbachov. Es peor. Están Vladimir Putin y Barack Obama en competencia abierta y a ninguno de los dos les tiembla la mano a la hora de las crisis. A esto debemos agregar la China imperial y expansionista. Lo que ocurre en el mundo de hoy es receta para una nueva guerra “fría”.
Ortega busca “quemar” al Ejército enviándolos a espiar periodistas y religiosos, reprimir campesinos, sufrir bajas y hacerlos parte del conflicto. Sin embargo, los mandos militares hace rato juegan su juego. Que su exjefe, el general Omar Hallesleven, sea el vicepresidente y otros retirados ocupen cargos públicos, no es casualidad. Ellos y Ortega saben bien que el poder reside en las armas. El destino de Nicaragua parece depender de las coordenadas del Estado Mayor. El autor es periodista.