¿Cómo dialogarían nuestros expresidentes fenecidos, si tuviesen la oportunidad de hacerlo? Pablo Antonio Cuadra (PAC) lo imaginó en un escrito de 1970 titulado “Mesa redonda al otro lado de la historia”. Conviene republicar esta magistral representación —con ciertas adaptaciones libres—, pues su lección ha recobrado actualidad ahora que las reformas constitucionales pretenden imponer la autocracia indefinida.
PAC imagina un sueño en que intercambian sus experiencias los principales caudillos e historiadores de nuestro pasado. El primero en hablar es Tomás Martínez, primer gobernante tras la guerra nacional. Al recordar las dificultades de su segundo periodo culpa amargamente a Máximo Jerez: “Tú, Máximo, fuiste el que me sonaste al oído la idea de reelegirme: “No debes convocar a elecciones porque no conviene alterar la paz”. José Santos Zelaya lo interrumpe: “Siempre hay quien nos aconseje lo que queremos oír”. A lo que el historiador Tomás Ayón añade: “Y lo que sucedió Tomás, es que tu propio consejero se levantó en armas. La guerra de 1863. Otra vez la sangre. Otra vez el pueblo al sacrificio. Primera reelección: primera revolución. La autoridad da el mal ejemplo violando la ley. En nuestra política la subversión siempre comienza arriba”. Martínez asiente con su noble cabeza: “Desde entonces tuve que gobernar manteniendo al país en campaña”.
Vuelve el General Zelaya: “Yo traté de contrarrestar con un gobierno revolucionario, reformador y progresista, esa reacción de inconformidad que produce siempre el continuismo pero no se puede jugar a la democracia sin alternabilidad hasta que la violencia acumulada estalló. Una última revolución me echó del poder en 1909. Y con mi caída arrastré a mi partido.
Interviene entonces otro historiador, Jerónimo Pérez: “El mal de nuestra América es la marrulla Nunca cumplimos con las reglas del juego que nosotros mismos nos imponemos”. Después habla Emiliano Chamorro: “Mi caso es una variante que agrega experiencia; para volver al poder yo usé otros medios: el Lomazo (Golpe de estado de 1925). Depuesto el presidente Solórzano, la ley designaba al vicepresidente Sacasa para sucederle. El Congreso me eligió a mí”. Al oírlo Ayón exclama de nuevo: “¡Y tu reelección provocó una sangrienta revolución y le costó el poder a tu partido¡”.
Tras esto los presentes vuelven su mirada a una pareja que había estado en silencio. El mayor de ellos es el General Somoza García y el menor su hijo Anastasio. “¿Y Usted General, que nos dice? Sonríe levemente y murmura: “Mandé a mi gusto veinte años, pero la reelección me costó la vida”.
(PAC se detuvo allí. Lo siguiente es un intento de actualizar su historia y empalmarla con su final original).
Entonces todo el mundo se fija en su hijo. Consciente que esperan su comentario, se limita a decir, en voz muy baja: “Yo no aprendí de mi papa”. Se hace un silencio pesado, hasta que Ayón exclama: “¡Sí!, pensaste que con inteligencia y progreso evitarías su suerte, pero acabaste peor: te botó la más sangrienta de las revoluciones y después te mandaron a matar”.
Aquí irru
mpe directamente PAC, que tras oír el testimonio de los muertos les pregunta en voz alta: “¿Esta es pues la experiencia de nuestra historia?” “No toda”, le contesta Ayón, señalando una multitud incontable compuesta mayoritariamente de jóvenes humildes; “Habría que oír a esos, a los sacrificados los que cayeron en defensa de sus gobiernos o sirviendo a sus revoluciones”. Quise avanzar, narra PAC, “para oír la voz mayoritaria de la sangre. Pero un ser impenetrable, quizás un ángel, se interpuso… entonces desperté.
“Dios mío,” —pensé—“!Lástima que haya sido yo el que soñó este sueño y no el presidente de la República!” El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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