El presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, reconocido por los académicos como el tercero, entre los presidentes más importantes de esa nación (después de George Washington y Abraham Lincoln), condujo en 1932 una campaña electoral bajo la sombra de la Gran Depresión.
Él y el Partido Demócrata movilizaron a los diferentes sectores de la población: Sindicatos, minorías étnicas, los blancos del sur, el sector urbano Un realineamiento electoral completo.
Roosevelt es el único presidente electo más de dos veces a la presidencia de EE. UU. Ganó cuatro elecciones y falleció durante su cuarto período, después de haber alcanzado logros masivos. Él tomó posesión en medio de una crisis mayor: el mercado de valores desplomado, el sistema bancario colapsado, millones de estadounidenses desempleados.
Con el efectivo uso de los medios de comunicación, un elocuente y sincero discurso inaugural, una cascada de propuestas legislativas introducidas durante los primeros cien días de su presidencia y un resoluto optimismo, Roosevelt se ganó el apoyo y la confianza del pueblo; desde intelectuales hasta ciudadanos altamente desposeídos.
Los logros de Roosevelt no fueron alcanzados sin oposición, pero sí con esa proposición de Alexander Hamilton de que “la energía en el Ejecutivo es la principal protagonista en la definición del buen gobierno”. Por supuesto que esa energía presidencial debe existir “dentro de un igualmente fuerte sistema de responsabilidad constitucional”.
El historiador Henry Adams expresa que el presidente “se asemeja al comandante de una nave en el mar. Él debe tener un timón que asir, un curso que dirigir, un puerto que encontrar”. Es de esta manera, en verdad, que se ha forjado el destino de esa nación.
Arthur M. Schlesinger Jr. nos dice que “para alcanzar el éxito, los presidentes no solo deben tener un puerto que alcanzar pero deben convencer al Congreso y al electorado que es un puerto digno de buscarse”. Y agrega: “La política en una democracia es, en última instancia, un proceso educacional, una abertura en persuasión y consenso”.
Otros presidentes en los EE. UU. han hablado desde el mismo púlpito de Franklin D. Roosevelt. Entre ellos, Ronald Reagan y Bill Clinton. Ambos, con sus respectivos partidos, se comunicaron magistralmente con todos los sectores de la población, en momentos críticos, obteniendo marcados y definidos logros.
Todo hace referencia a un proceso constitucional y legítimo para la elección de presidentes; un proceso democrático revitalizado por la concertación. Por eso, a pesar que el presidente Obama (demócrata) tiene la capacidad de convertir a sus opositores —aún los más moderados— en extremistas, nada justifica la intención de los congresistas republicanos de alterar este proceso y recurrir a medidas radicales, como el reciente intento de secuestrar el sistema.
Este mes, los republicanos en el Congreso estadounidense montaron un melodrama público, negándose aprobar el presupuesto nacional, despidiendo temporalmente a miles de empleados públicos, paralizando el Gobierno, a medida que amenazaban con impedir el cumplimiento del servicio de la deuda nacional.
Lo anterior expone la crisis ideológica actual del Partido Republicano y su presente bancarrota de liderazgo. Esta situación deja entrever la influencia de la alta concentración monetaria en las minorías más radicales de la derecha republicana y la polarización política.
Aparentemente, el Partido Republicano tomó un alto riesgo político y lo perdió todo. En el lado positivo, las elecciones de medio período de 2014 y las elecciones generales de 2016 —en EE. UU.— transmitirán la última palabra del sentimiento público en este respecto. El autor es economista y escritor.
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