Fernando Bárcenas
Esopo, en el siglo VII antes de Cristo, cuenta de una lechera que mientras llevaba sobre la cabeza un cubo con leche recién ordeñada soñaba que al batir la nata obtendría una buena mantequilla que vendería a buen precio. Con el dinero compraría una canasta de huevos, que a los días le produciría pollitos suficientes para llenar el corral. Vendiéndolos, una vez gordos, conseguiría suficiente dinero para comprar un vestido nuevo, verde, con lazo en la cintura. El hijo del molinero, al verla tan guapa, le pediría que bailase con él, pero, ella se haría rogar, y le diría que no con un meneo de la cabeza de izquierda a derecha. Así, al hacer ese movimiento negativo de la cabeza como si tuviese delante al hijo del molinero, el cubo cayó al suelo, vertiéndose la leche.
Wang Jing, también, hace las cuentas de la lechera, pero, en esta nueva versión de la fábula, el ilusionista logra vender sus ensueños a Ortega, a cambio de un contrato con privilegios unilaterales que hipotecan la soberanía de Nicaragua. Es decir, Wang Jing no es el personaje ingenuo de la fábula, que se hace a sí mismo ilusiones incautas. Más bien, es el fabulista, el narrador de sueños o, mejor dicho, el encantador de serpientes que tima al prójimo con castillos en el aire… No… con castillos no. Con canales interoceánicos en el aire.
Al final de esta fábula, por disposición contractual firmada por Ortega, Wang Jing cobra una indemnización al país. Se adueña de las reservas del Banco Central con las cuenta de la lechera que presenta ante un tribunal de arbitraje internacional, porque la obra del Canal… no se pudo ejecutar. En esa línea de fabulación engañosa, Wang Jing expresa:
“Tengo cinco mil personas que trabajan actualmente en los estudios de factibilidad… La ruta del Canal ya ha sido decidida… Es la ruta 3, que parte de Brito, en el Pacífico, cruza el lago Cocibolca, se adentra por Morrito, y concluye en Bluefields, en el Atlántico… Estoy ciento por ciento seguro —concluye con aplomo magistral Wang Jing—, que la construcción del Canal comenzará en diciembre de 2014 y finalizará en 2019”.
Extasiado, con irresponsabilidad notoria, el asesor económico de la Presidencia, al oír a Wang Jing, exclama: “El proyecto va veloz”. Luego, vacila ante la contradicción ingenieril evidente, y como mozo de espadas que ayuda a cambiar las muletas y capotes, retoca la contradicción técnica del malandrín: “…La ruta no se puede decidir antes que concluyan los estudios de factibilidad… debe haber ocurrido una mala traducción del chino al inglés… Wang Jing no ha definido la ruta… solo la ha estimado”.
Es inevitable que los grandes depredadores financieros, como escualos excitados por el olor de la presa, se arremolinen alrededor de las cláusulas absurdas del contrato anticonstitucional firmado por Ortega, que concede privilegios extremos a cambio de nada. Por su parte, el Cosep, en lugar de luchar patrióticamente por la abolición de este contrato entreguista, que no exige obligación alguna al concesionario, sueña, como rémora, adherir su ventosa a un posible depredador, y alimentarse con los desperdicios que vaya dejando su anfitrión:
“Nos mantenemos —dice el Cosep— fuera de toda discusión especulativa, hasta que con los estudios de factibilidad no sepamos si hay costos de pérdidas muy altos para el país”.
Un país serio —habría que decirle al Cosep— en lugar de incorporarse sin discusión a una fábula incauta, exigiría un tiempo definido de ejecución de los estudios de factibilidad (con parámetros de calidad claramente especificados), y definiría el alcance de los estudios ambientales, que como primera obligación contractual del concesionario se le debe entregar a la ciudadanía.
Cada vez que Wang Jing aborda la fábula del Canal dice disparates técnicos. A pesar que una cantidad cada vez mayor de la ciudadanía se percata que no se dan las señales de un proyecto profesional serio de ingeniería, y que perciba una improvisación falsa, una trampa legal, es nuestra obligación que para la mayoría no ocurra, en este caso dramático, lo que nos advierte Cervantes:
“La falsedad tiene alas y vuela, y la verdad la sigue arrastrándose, de modo que cuando las gentes se dan cuenta del engaño ya es demasiado tarde”.
El autor es Ingeniero eléctrico.